Escatología y la mentalidad celestial

Introducción

Geerhardus Vos dice en su ‘Teología Bíblica’ que “La religión bíblica es completamente escatológica en su panorama.” Muchos de nosotros conocemos lo que dice el Catecismo Menor de Westminster: “¿Cuál es el fin principal del hombre? El fin principal del hombre es glorificar a Dios, y gozar de Él para siempre.” El fin y propósito de la existencia del hombre y de la obra de Dios en la redención es escatológico. La glorificación de Dios y nuestro disfrute de su gloria—de esto tenemos un anticipo, y lo veremos en su plenitud en el siglo venidero, en la consumación del Reino. La escatología es mucho más que tratar de adivinar cuál es la fecha de la venida de Cristo, o si la nación de Israel juega un papel mayor en las cosas del fin, o qué o quién es el anticristo. Al igual que el resto de la teología, nuestra escatología debe comenzar con Dios, no el hombre. Dependiendo de nuestro enfoque hermenéutico llegaremos a diferentes conclusiones escatológicas. Nuestro enfoque determina nuestra teología y cosmovisión, y en la misma forma, determina nuestra escatología. ¿Qué dice nuestra escatología sobre el Reino de Cristo? ¿Es terrenal o es celestial? ¿Debemos centrar nuestra escatología en la gloria de Dios en la redención por medio de Cristo, al igual que el resto de nuestra teología? ¿Qué dice nuestra escatología sobre el modo en que debemos vivir en la tierra?

En este artículo, haré un contraste entre diferentes escatologías, no viendo los distintos puntos de vista escatológicos, sino viendo su enfoque. No se pretende atacar alguna perspectiva escatológicaparticular, sino que busco que este artículo sirva para que consideremos si tenemos el correcto enfoque en nuestra escatología. Algunos de ustedes estarán en desacuerdo conmigo, les advierto, mas espero que lo consideren desde una persmectiva bíblica.

Escatología del miedo

Es algo común ver una escatología del miedo en las iglesias evangélicas. Aquellos que se aferran a esta escatología temen a lo que vaya a traer el futuro. Siempre están preocupados por si serán o no salvos cuando Cristo venga, y por cada evento que sale en las noticias. La especulación es su pan de cada día. “¿Quién es el anticristo? ¿Es ésta la  marca de la bestia? ¿Se irá Israel a la guerra otra vez?” y muchas otras preguntas pasan por sus mentes porque no tienen alternativa. ¿Es esto lo que nuestra escatología debe hacer que hagamos? No me malinterpreten, a veces no pensamos sobre el regreso de Jesús lo suficiente, pero hay una diferencia entre anhelar su regreso, y estar constantemente preocupado por todo evento político y colapso económico que ocurre en este planeta. También debemos examinarnos a nosotros mismos como si Jesús fuera a venir el día siguiente, no con temor desesperado, sino con sobriedad, porque nuestro pánico puede dirigir nuestra fe lejos de Cristo y hacia nuestras obras.

El Pentecostalismo puertorriqueño es muy dispensacional. Unos amigos míos me han contado sobre una joven en la iglesia Pentecostal, y surgió el tema del regreso de Jesús. Ella estaba ansiosa porque no sabía si estaba preparada para el rapto. El dispensacionalismo mezclado con el legalismo que se ve en muchas iglesias Pentecostales en Puerto Rico es una combinación mortal. Si no te conformas a las normas de la iglesia Pentecostal, no estás listo para el rapto, y sufrirás la gran tribulación. La ansiedad de la joven no es sorprendente, considerando este contexto. A ella le han lavado el cerebro con una escatología de miedo que le dice que si no obra lo suficiente para mantener su salvación, ella sólo está lista para ver al anticristo. Ahora, no es un secreto que siento disgusto por el dispensacionalismo, pero esto no es específicamente un ataque a ese sistema de interpretación. Es un ataque a una escatología que nos hace temerle al futuro en lugar de anhelar el regreso de Cristo.

Escatología del pesimismo

Esta escatología está relacionada a la del miedo en que se enfoca en las cosas que suceden alrededor del mundo y se preocupa sobre ellas todo el tiempo. La diferencia es que la persona con la escatología del pesimismo anhela la venida de Cristo, excepto que la razón de su anhelo es el querer escapar del mal que ve en el mundo. Algunos podrían adecuadamente llamarlo ‘escapismo’. Tiene casi el mismo nivel de especulación que tiene la escatología del miedo, buscando señales de la venida de Cristo en cada evento que ocurre alrededor del mundo. La ansiedad que surge de esta especulación, en vez de producir miedo, produce una especie de depresión escatológica. “Todo anda mal. Nada está bien. Quiero escapar.” No hay nada malo en ver al mundo y anhelar que Cristo ponga todas las cosas en orden. El problema es cuando nos enfocamos en las cosas terrenales tanto que anhelamos por el regreso de Cristo por las razones equivocadas, queriendo escapar de nuestras responsabilidades aquí en la tierra. En algunos casos, ese escape se parece más a una utopía en la tierra, que me lleva a la próxima escatología.

Escatología de la utopía

Aquellos que se aferran a la escatología de la utopía miran al mundo con una mezcla de ansiedad e híper-optimismo, y quieren cambiar el mundo a través de la influencia cultural. La diferencia entre la utopía de la escatología del pesimismo y la de la escatología utópica es que la primera utopía es simplemente un método de escape de los problemas que hoy enfrentamos, y la segunda es un ideal por el cual el creyente obra duramente. La influencia cultural es la manera por el cual el creyente quiere cambiar el mundo. ¿Está mal que los cristianos individuales tengan influencia en la cultura? De ningún modo. Yo animaría a cristianos individuales a que sean buenos en su llamado, sea en educación, en los negocios, en las artes, y hasta en la política, todo para la gloria de Dios. Aún así, debemos darnos cuenta que la influencia cultural no fue la manera en que Jesús y los Apóstoles cambiaron el mundo. Ellos cambiaron el mundo con el Evangelio. Nosotros no cambiamos la cultura para cambiar individuos. Proclamamos el Evangelio que cambia a individuos que luego cambiarán la cultura a su manera. Si queremos ver que nuestra cultura cambie, prediquemos el Evangelio, pero recordemos que Dios escoge si la gente y la cultura cambiará o no. El resultado de la predicación del Evangelio no está bajo nuestro control, está bajo el control de Dios.

Aunque estas tres escatologías tienen muchas diferencias, todas tienen algo en común. En la superficie, parecen como si no hubiera similitud alguna entre ellas, pero una mirada más de cerca nos hará ver lo que las hace similares. El enfoque de las escatologías del miedo, del pesimismo, y de la utopía es uno terrenal. La primera ve al mundo con temor a las consecuencias de eventos diarios. La segunda ve al mundo con pesimismo y ansiedad deseando escapar del mal que nos rodea. La tercera mira al mundo con híper-optimismo queriendo traer los cielos nuevos y la tierra nueva a través de la influencia cultural. Todas, empero, miran al mundo como su enfoque. El mundo se ha vuelto una venda a los ojos de muchos creyentes que no nos permite ver la gloria de Dios en la redención ni nos permite anhelar el regreso de Cristo como debemos. Esto nos lleva a la escatología final.

Escatología del cielo

El autor de Hebreos en el capítulo 11 describe la fe y hace una lista de gente de quien se ha escrito en al Antiguo Testamento como ejemplos de fe. Luego de tomar un buen vistazo sobre Abraham, él escribe also así como una conclusión temprana:

Conforme a la fe murieron todos éstos, no habiendo recibido las promesas, sino mirándolas de lejos, las creyeron y las saludaron, confesando así que eran extranjeros y peregrinos en la tierra. Porque los que dicen estas cosas dan a entender que buscan una patria, y si ciertamente se acordaran de aquella de donde salieron, hubieran tenido tiempo de regresar, pero anhelaban una mejor, esta es, la celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos, pues les preparó una ciudad. (Hebreos 11:13-16)

Las personas que aparecen en la lista del autor de Hebreos como ejemplos de fe esperaban el estado escatológico. Ellos deseaban algo más allá de lo que vieron aquí en la tierra. Sin embargo, esa fe les hizo hacer grandes cosas mientras estaban en la tierra. Esa fe no les hizo querer dejar atrás sus responsabilidades terrenales, sino hacerlo todo para la gloria del Rey de la ciudad celestial. Creo que Geerhardus Vos no pudo haberlo dicho mejor:

El hombre pertenece a dos esferas. Y la Escritura no sólo enseña que estas dos esferas son distintas, también enseña qué estimado de importancia relativa debe ser colocada sobre ellas. El cielo es la creación primordial, la tierra es la creación secundaria. En el cielo están las realidades supremas; lo que nos rodea aquí abajo es una copia y sombra de las cosas celestiales. Porel hecho de que la relación entre las dos esferas es positiva, y no negativa, no mutuamente repulsiva, la mentalidad celestial no dar lugar al descuido de los deberes pertenecientes a la vida presente. Es la ordenanza y la voluntad de Dios, que no aparte de, sino a base de, y en contacto con, la esfera terrenal el hombre obrará su destino celestial. Con todo lo bajo no puede suplantar lo alto en nuestros afectos. (Geerhardus Vos, del sermón Mentalidad celestial [traducción propia de ‘Heavenly-mindedness’])

A nuestro primer padre Adán le fue prometido el estado escatológico—la misma perfecta comunión que tendremos con Dios en la eternidad—para él y para sus descendientes con la condición de la obediencia perfecta. Menciono esto porque, como Vos lo pondría, la escatología precede la soteriología. Adán no necesitó salvación hasta que pecó. Mi punto es que desde el principio la Biblia mira hacia ese estado escatológico, aun cuando el hombre no necesitaba salvación. Adán falló, y luego Cristo vino para cumplir la obra de Adán por nosotros. Esto es porque Dios ha escogido glorficarse por medio de la redención de pecadores. Una mala escatología falla en tener en cuenta estas verdades, y desvía su enfoque fuera de la gloria de Dios en la redención. Falla en poner las categorías en orden. Una mala escatogía hace primordiales las cosas terrenales y secundarias las cosas celestiales, haciendo que las cosas celestiales sean la copia y sombra de las cosas terrenales.

Por esto escribí este artículo: para retarnos a tener una perspectiva celestial no sólo de nuestra escatología, sino también de nuestra vida. Quizás no nos damos cuenta, pero nuestra escatología afecta cómo vemos los eventos mundiales, la cultura, la vida cotidiana. En otras palabras, nuestra cosmovisión es, en cierto sentido, afectado por nuestra escatología. Fue Cristo quien nos dijo que buscáramos primero el Reino de Dios y su justicia (Mateo 6:33). Nuestra perspectiva sobre qué es el Reino de Dios afecta nuestro evangelismo y nuestra eclesiología. Si creemos que el Reino es terrenal, usaremos medios terrenales mara traer este Reino. Si escuchamos a Jesús quien dijo “Mi Reino no es de este mundo” (Juan 18:36), no pondremos nuestra confianza en medios terrenales para atraer gente a la iglesia y mantenerla ahí, y en vez obedeceremos a Dios y usaremos los medios que Él nos ha dado para el crecimiento y la preservación de la iglesia—la Palabra y los sacramentos.

¿Cuál debe ser nuestro enfoque en nuestra escatología? El cielo, específicamente, Dios mismo. Él es nuestro más grande galardón, y el se ha ofrecido y se ha entregado a nosotros por gracia. Cuando tengamos nuestro enfoque en el cielo, todo se verá diferente (hablo según mi experiencia). Cuando miramos al cielo, vemos a Dios en su trono, soberano sobre la creación y la providencia, controlando todas las cosas para su gloria y nuestro bien. Vemos a Jesús reinando con el Padre en majestad, intercediendo por su pueblo. Vemos las promesas de Dios cumplidas en Jesucristo. Él reina hasta que sus enemigos sean puestos debajo de sus pies. Cada vez que adoramos a Dios en el Día del Señor,  entramos a la misma presencia de Dios, un anticipo del siglo venidero. Nos unimos con los ángeles en adoración quienes cantan de día en día cantan “Santo, santo, santo es YHVH de los ejércitos”. Hay mucho más que podría mencionar sobre esta perspectiva celestial, pero eso tomaría mucho tiempo y espacio.

Todo se reduce a esto: el cielo debe ser nuestro enfoque. No estoy llamando al pietismo ni al escapismo, sino a la mentalidad celestial. Lo que estoy diciendo es que todo lo que hagamos aquí en la tierra debe ser hecho con fe, mirando hacia la ciudad de Dios, como hicieron los ejemplos de fe en Hebreos 11. Jesús dijo que toda potestad en el cielo y en la tierra le ha sido dada (Mateo 28:18). Él también nos prometió que estaría con nosotros hasta el fin del siglo (Mateo 28:20). Vivamos nuestras vidas sabiendo estas verdades, que Jesús es Rey y Él nunca se apartará de nuestro lado, y nadie podrá arrancarnos de su mano. También el Evangelio debe predicarse a todas las naciones. No podemos descansar hasta que el cuerpo de Cristo esté completo. Hagamos estas cosas sabiendo que al final del siglo veremos a Dios en toda su majestad, y le glorificaremos y gozaremos de Él para siempre en perfecta comunión.

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Eschatology and heavenly-mindedness

Introduction

Geerhardus Vos says in his ‘Biblical Theology’ that “Biblical religion is thoroughly eschatological in its outlook.” Many of us know what the Westminster Shorter Catechism says: “What is the chief end of man? Man’s chief end is to glorify God, and to enjoy Him forever.” The end and purpose of man’s existence and God’s work of redemption is eschatological. The glorification of God and our enjoyment of His glory—of this we have a foretaste, and we will see it in its fullness in the age to come, at the consummation of the Kingdom. Eschatology is much more than trying to figure out the date of Christ’s coming, or if the nation of Israel plays a major role in the last things, or who or what is the antichrist. Just like the rest of our theology, our eschatology must begin with God, not with man. Depending on our hermeneutical focus we will come to different eschatological conclusions. Our focus determines our theology and worldview, and in the same way, it determines our eschatology. What does our eschatology say about Christ’s Kingdom? Is it earthly or heavenly? Should we center our eschatology on the glory of God in redemption through Christ, just like we do with the rest of our theology? What does our eschatology say about the way we should live here on earth?

In this article, I will make a contrast between different eschatologies, not by looking at the different eschatological views, but by looking at the focus. It is not intended as an attack to any particular eschatological view, but simply as a way for us to consider whether we have the correct focus in our eschatology. Some of you might disagree with me, so I’m warning you, but please consider it from a biblical perspective.

Eschatology of fear

It is quite common to see an eschatology of fear in evangelical churches. Those who hold to this eschatology are scared of what might come in the future. They are always worried about whether they won’t be saved at the time of the return of Jesus, and about each and every event that comes out in the news. Speculation is their daily bread. “Who is antichrist? It this the mark of the beast? Is Israel going to war again?” and many other questions go through their mind because they have no choice. Is this what our eschatology should make us do? Don’t get me wrong, sometimes we don’t think about the return of Jesus enough, but there is a difference between longing for His return, and being constantly worried about every political event or economic collapse that happens on this planet. We should also examine ourselves as though Jesus were to return the next day, not in desperate fear, but in sober-mindedness, because our panic may turn our faith away from Christ and towards our works.

Puerto Rican Pentecostalism is very dispensational. I have been told by some friends of mine that they have been in conversation with a girl in the Pentecostal church, and the topic on Jesus’ return came up. She was anxious because she didn’t know whether she was ready for the rapture or not. Dispensationalism mixed with the legalism that we see in many Pentecostal churches in Puerto Rico is a deadly combination. The message of much of Puerto Rican Pentecostalism is a message of fear. If you don’t conform to the norms of the Pentecostal church, you’re not ready for the rapture, and you’ll suffer through the great tribulation. This girl’s anxiety is not surprising, considering this background. She has been brainwashed by an eschatology of fear which tells her that if she doesn’t work hard enough to keep her salvation, she is only ready to meet antichrist. Now, it is no secret that I dislike dispensationalism, but this is not specifically an attack on that system of interpretation. It’s an attack on an eschatology that makes us fear the future instead of longing for Christ’s return.

 Eschatology of pessimism

This eschatology is related to the eschatology fear in that it focuses on the things that happen around the world and worries about them all the time. The difference is that the person with the eschatology of pessimism does long for the coming of Christ, except the reason that he does long for it is simply to escape the evil he sees in the world. Some might adequately call it ‘escapism’. It has almost the same level of speculation as the eschatology of fear, looking for signs of the coming of Christ in every single event that happens around the world. The anxiety that emerges from this speculation, rather than producing fear, produces a sort of eschatological depression. “Everything is going bad. Nothing is right. I want to escape.” There is nothing wrong with looking at the world and longing for Christ to put all things in order. The problem is when we focus on the earthly things so much that we long for Christ’s return for the wrong reasons, wanting to escape from our responsibilities here on earth. In some cases, the escape looks more like an earthly utopia, which brings me to the next eschatology.

Eschatology of utopia

Those holding to the eschatology of utopia look at the world with a mixture of anxiety and hyper-optimism, and want to change the world through cultural influence. The difference between the utopia of the eschatology of pessimism and that of utopian eschatology is that the first utopia is simply a method of escape from the problems we currently face, and the second utopia is an ideal that the believer works hard for. Cultural influence is the way the believer wants to change the world. Is it wrong for individual Christians to have influence on the culture? Not at all. I would encourage individual Christians to be good at their calling, whether it is in education, in business, in the arts, and even in politics, all for the glory of God. Yet, we should realize that cultural influence is not the way through which Jesus and the Apostles changed the world. They changed the world with the Gospel. We do not change the culture to change individuals. We preach the Gospel that changes individuals who will then change the culture in their own way. If we want to see our culture change, preach the Gospel, but remember that God chooses whether the people and the culture will change or not. The outcome of the preaching of the Gospel is not under our control, it is under God’s control.

Although these three eschatologies have many differences, they all have something in common. On the surface, it may seem like there is no similarity between them, but a closer look will make you see what makes these similar. The focus of the eschatologies of fear, of pessimism, and of utopia is an earthly one. The first looks at the world in fear at the outcome of daily events. The second looks at the world with pessimism and anxiety wanting to escape from the evil around us. The third looks at the world with hyper-optimism wanting to bring about the new heavens and new earth through cultural influence. Yet, they all look at the world as their focus. The world has become a blindfold to many believers so that we may not see the glory of God in redemption and so that we may not long for Christ’s return as we should. This brings us to our final eschatology.

Eschatology of heaven

The author of Hebrews in chapter 11 describes faith and lists some of the people written about in the Old Testament as examples of faith. After taking a good look at Abraham, he writes a bit of an early conclusion:

These all died in faith, not having received the things promised, but having seen them and greeted them from afar, and having acknowledged that they were strangers and exiles on the earth. For people who speak thus make it clear that they are seeking a homeland. If they had been thinking of that land from which they had gone out, they would have had opportunity to return. But as it is, they desire a better country, that is, a heavenly one. Therefore God is not ashamed to be called their God, for He has prepared for them a city. (Hebrews 11:13-16)

The people listed by the author of Hebrews as examples of faith looked forward to the eschatological state. They desired something beyond what they saw here on earth. Yet, that faith made them do great things while they were here on earth. That faith did not make them want to leave their earthly responsibilities behind, but instead do everything to the glory of the King of the heavenly city. I believe Geerhardus Vos couldn’t have said it better:

Man belongs to two spheres. And Scripture not only teaches that these two spheres are distinct, it also teaches what estimate of relative importance ought to be placed upon them. Heaven is the primordial, earth the secondary creation. In heaven are the supreme realities; what surrounds us here below is a copy and shadow of the celestial things. Because the relation between the two spheres is positive, and not negative, not mutually repulsive, heavenly-mindedness can never give rise to neglect of the duties pertaining to the present life. It is the ordinance and will of God, that not apart from, but on the basis of, and in contact with, the earthly sphere man shall work out his heavenly destiny. Still the lower may never supplant the higher in our affections. (Geerhardus Vos, from the sermon Heavenly-mindedness)

Our first father Adam was promised the eschatological state—the same perfect communion with God that we will have in eternity—for himself and his descendants on condition of perfect obedience. I mention this because, as Vos would put it, eschatology precedes soteriology. Adam did not need salvation until he sinned. My point here is that from the very beginning the Bible looks forward to this eschatological state, even when man did not need salvation. Adam failed, and then Christ came to accomplish Adam’s work for us. This is because God has chosen to glorify Himself in the redemption of sinners. A bad eschatology fails to take into account these truths, and deviates its focus away from God’s glory in redemption. It fails to place all categories in order. A bad eschatology makes the earthly things primordial and the heavenly things secondary, making the heavenly things a copy and shadow of the earthly things.

This is why I wrote this article: to challenge us to have a heavenly perspective not only on eschatology, but on all of life as well. We may not realize it, but our eschatology affects much of how we view world events, the culture, daily life. In other words, our worldview is, in a sense, affected by our eschatology. It was Christ who told us to seek first the Kingdom of God and His righteousness (Matthew 6:33). Our perspective on what the Kingdom of God is affects our evangelism and our ecclesiology. If we believe that the Kingdom is an earthly one, we will use earthly means to bring about this Kingdom. If we listen to Jesus who said “My Kingdom is not of this world” (John 18:36), then we will not place our trust in earthly means to attract people to church and keep them there, and instead we will obey God and use the means that He has given us for the growth and preservation of the church—Word and sacraments.

What should be our focus in our eschatology? Heaven, or more precisely, God Himself. He is our greatest reward, and He has offered and given Himself to us by grace. When we have our focus placed on heaven, everything will look different (I speak from experience). When we look to heaven, we see God on His throne, sovereign over creation and providence, controlling all things for His glory and our good. We see Jesus reigning with the Father in majesty, interceding for His people. We see the promises of God fulfilled in Jesus Christ. He reigns until His enemies are put beneath His feet. When we worship God on the Lord’s Day, we enter into the very presence of God, a foretaste of the age to come. We join the angels in worship who day by day sing “Holy, holy, holy is YHWH of hosts”. There is much more I could say about having this heavenly perspective, but that would take quite a lot of time and space.

It all comes down to this: heaven should be our focus. I’m not calling for pietism or escapism, but for heavenly-mindedness. What I’m saying is that everything that we do here on earth must be done in faith, looking forward to the city of God, like the examples of faith in Hebrews 11 did. Jesus said that all authority in heaven and on earth has been given to Him (Matthew 28:18). He also promised that He would be with us until the end of the age (Matthew 28:20). Let us live our lives knowing these truths, that Jesus is King and that He will never leave our side, and no one will ever be able to take us from His hand. The Gospel must also be preached to every nation. We cannot rest until the body of Christ is completed. Let us do these things knowing that at the end of the age we will see God in all His majesty, and we will glorify and enjoy Him forever in perfect communion.

La Promesa

De todas las promesas de la Escritura, hay una que sobresale del resto y es repetida a través de toda la Biblia. Cuando Dios hizo pacto con Abraham, prometió que Él sería “el Dios tuyo y el de tu descendencia después de ti.”, y de la simiente de Abraham Él dice, “seré su Dios.” (Génesis 17:7, 8). En Éxodo 6, Dios le dice a Moisés que le diga al pueblo de Israel que Él los libraría de la esclavitud, y en el versículo 7, Dios dice, “Os tomaré para mí por pueblo y seré para vosotros por Dios…” Cuando Dios le dio a Moisés y al pueblo de Israel las instrucciones para la consagración de los sacerdotes, Él dice, “Y habitaré en medio de los hijos de Israel, y seré su Dios.” (Éxodo 29:45). En Levítico 26:12, vemos que una de las bendiciones por la obediencia a la Ley es “y andaré en medio de vosotros, y seré a vosotros por Dios, y vosotros me seréis por pueblo.” Cuando Jeremías recibió la visión de los higos en el capítulo 24, Dios dice sobre los exiliados de Judá, “Les daré un corazón para que me conozcan, y sepan que Yo soy YHVH, y ellos serán mi pueblo y Yo seré su Dios, porque se volverán a mí de todo corazón.” (Jeremías 24:7). En Jeremías 30, Dios habla sobre la restauración de Israel, y en el versículo 22 dice, “Entonces me seréis por pueblo, y Yu seré vuestro Dios.” Palabras similares son repetidas en Jeremías 31:1. Dios luego habla a través de Jeremías sobre el Nuevo Pacto:

“He aquí vienen días, dice YHVH, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con vuestros padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto, pues ellos invalidaron mi pacto, aunque fui Yo un marido para ellos, dice YHVH. Pero éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice YHVH: Daré mi Ley en su mente y la escribiré en su corazón, y Yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.”
(Jeremías 31:31-33)

Otra vez Dios promete que Él recogería a Israel del exilio, y dice en Jeremías 32:38-39, “y ellos serán mi pueblo, y Yo seré su Dios, y les daré un solo corazón y un solo camino, para que me teman todos los días, en bien suyo y de sus hijos después de ellos.” El profeta Ezequiel habla de parte de Dios sobre lo mismo, traer a Israel de vuelta del exilio a su tierra. Dios dice, “Y les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo, y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne, para que anden en mis ordenanzas, y guarden mis decretos y los cumplan, y me sean por pueblo, y Yo les sea por Dios.” (Ezequiel 11:19-20). En Ezequiel 34, Dios habla sobre los falsos pastores, y dice que Él pondrá a David por príncipe sobre Israel. Por David, por supuesto, se refiere a Jesús. En el versículo 24, Dios dice, “Y Yo, YHVH, les seré por Dios, y mi siervo David por príncipe entre ellas. Yo, YHVH, he hablado.” Dios de nuevo promete a Israel que regresarían del exilio a su tierra; otra vez dice la frase “…y vosotros me seréis por pueblo, y Yo seré a vosotros por Dios.” (Ezequiel 36:28). Él dice esto de nuevo en el capítulo 37, los versículos 23 y 27. Hallamos esto también en Zacarías 8:8.

En el Nuevo Testamento, el Apóstol Pablo le dice a los corintios que nosotros somos el templo del Dios viviente, y él cita a la Ley y a los profetas en 2 Corintios 6:16, “Habitaré entre ellos y entre ellos andaré; Y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.” El autor de la epístola a los Hebreos cita a Jeremías 31, y repite las palabras “Y les seré por Dios, y ellos me serán por pueblo.” en Hebreos 8:10. En el libro del Apocalipsis, esta frase a parece en dos instancias. En la primera, el Apóstol Juan escribe, “Y oí una gran voz procedente del trono que decía: ‘He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y morará con ellos, y ellos serán pueblos suyos, y Dios mismo estará con ellos.” (Apocalipsis 21:3). Luego Dios le habla a Juan desde el trono, y le dice, “El que venza heredará estas cosas y le seré por Dios, y él me será por hijo.” (Apocalipsis 21:7).

¿Por qué vimos todos estos versículos donde Dios promete ser Dios a su pueblo? Para dar algo de perspectiva de lo  que estamos hablando aquí: ésta es la principal y mayor promesa de Dios a su pueblo. ¿Qué regalo nos puede dar Dios que sea más grande que Dios mismo? Hubiera sido sublime gracia si Dios simplemente nos hubiera librado del castigo del infierno, y nos hubiera puesto en un lugar donde no sufriríamos eternamente. Dios escogió en vez entregarnos lo más grande en existencia, Él mismo.

Nótese el contexto en que esta promesa es hecha. Vemos esta promesa en el contexto del pacto. En las Escrituras, Dios siempre ha tratado con el hombre por medio de pactos. Vemos que es el galardón por obedecer la Ley que, por supuesto, el hombre no puede hacer por su pecado. Pablo enseña que la Ley funcionaba como lo hace hoy, como un tutor (Gálatas 3:24) para enseñar al hombre que no puede obtener la salvación por sus obras. Esto significa que la Ley nunca tuvo la intención de salvar a nadie, sino para que el hombre mire fuera de sí y mire al Mesías prometido, y la Ley aún hace esto hoy y por eso es que predicamos la Ley para que el hombre pueda ver sus necesidad y crea el Evangelio. ¿Por qué es importante, sin embargo, ver el contexto del pacto detrás de la promesa de Dios? Por cómo Dios la ha cumplido. En el pacto de obras, Dios hizo esta promesa a Adán con la condición de obediencia perfecta; Adán falló. Luego, Dios prometió a Abraham que todas las naciones de la tierra serían benditas a través de su simiente, Jesús; esto lo sabemos del Nuevo Testamento, especialmente Gálatas. Jesús, el segundo Adán, vino a guardar el pacto de obras que el primer Adán rompió, para que el pueblo de Dios recibiera gracia a través de su muerte en la cruz. Los impíos aún tienen en ellos el pecado del primer Adán. El pueblo de Dios recibe la justicia del segundo Adán por fe. Es a través de esta misma fe que Abraham recibió las promesas de Dios. Estas mismas promesas las recibimos en Cristo, y por eso Pablo puede decir que si nosotros somos de Cristo, entonces somos la simiente de Abraham, herederos según la promesa (Gálatas 3:29). El hecho de que esta promesa es repetida a través de toda la Escritura hace clara la unidad de la Escritura en el despliegue del pacto de gracia a través de la historia de la redención. En una instancia, la promesa es reexpresada durante la entrega de las instrucciones para la consagración de los sacerdotes en Levítico. Dios moraría entre su pueblo por la intercesión de los sacerdotes. Nosotros tenemos un Sacerdote más grande, nuestro Sumo Sacerdote Jesucristo. Él ha hecho el sacrificio perfecto, resucitó de entre los muertos, y ascendió a los cielos donde intercede por todo su pueblo. Por su intercesión, no hay necesidad de sacerdotes terrenales para que Dios habite entre su pueblo.

Vemos detrás de la promesa y el pacto los conceptos de redención y restauración, como vemos en la reafirmación de la promesa cuando Dios redimió a Israel de la esclavitud, y cuando Dios prometió a aquellos que estaban en el exilio que regresarían a su tierra. Del mismo modo, en Cristo nosotros hemos sido redimidos de Satanás, del pecado, y de la muerte. Él ha restaurado nuestra relación original con Dios, pues Cristo nuestro Mediador nos ha reconciliado con Dios (Romanos 5:10; 1 Timoteo 2:5). Él también nos reconcilió unos con otros. Por la muerte de Cristo, la pared de separación entre judíos y gentiles fue derribada para crear en Él mismo, de los dos, un solo nuevo hombre, haciendo la paz (Efesios 2:11-22). La intención de Dios es clara, el ser Dios a un pueblo particular haciéndolo suyo por medio de la redención. Este pueblo particular es la Iglesia. Vemos también el concepto de regeneración en lugares como Ezequiel 36 y 37. Estuvimos muertos en pecado, éramos un valle de huesos secos, y Dios nos dio vida nueva en Jesucristo.

Esta promesa es escatológica en su naturaleza. Somos el pueblo de Dios y le servimos como a nuestro Dios. Con todo, aún no hemos sido glorificados. Dios mora en nosotros en la Persona del Espíritu Santo, y nosotros somos el templo de Dios, pero vendrá un tiempo en que toda la creación lo verá en su plenitud. Por eso es que la creación espera ansiosamente la revelación de los hijos de Dios, y nosotros esperamos la redención de nuestros cuerpos (Romanos 8:18-25). Aún batallamos contra el pecado en nuestra carne, pero cuando Jesús vuelva, nuestros cuerpos serán transformados y no habrá más pecado. El resto de la creación será inundado por el fuego, el fuego de purificación y de juicio, por el cual los impíos perecerán. Habrá una nueva creación donde no habrá más pecado. Dios morará entre su pueblo y nosotros le adoraremos eternamente. Podremos perfectamente glorificar y gozar de Dios para siempre, que es el fin principal del hombre, porque el pecado no molestará nuestras vidas nunca más. Recordemos lo que Juan vio en Apocalipsis 21. Él vio la nueva creación y la nueva Jerusalén, y escribió, “Y no vi en ella santuario, porque el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero, es el santuario de ella.” (v.22). El último y perfecto templo no es un edificio, es Dios mismo. La promesa de Dios es ésta: Dios y su pueblo habitando en perfecta comunión por la eternidad. Geerhardus Vos en su ‘Teología Bíblica’ dice esto sobre Abraham y la promesa: “Es enfatizado en la narrativa que la bienaventuranza suprema del patriarca consistió en la posesión de Dios mismo: ‘No temas, Abraham, Yo mismo soy tu escudo y gran galardón’ [Gen. 15:1]. Por este tesoro él podría alegremente renunciar a todos los otros dones.” ¿Puedes pensar en alguna posesión que sea mayor que Dios mismo? Quiero señalar que no solamente hemos sido escogidos por Dios para ser su pueblo, sino también para ser sus hijos. Hemos sido adoptados como hijos de Dios por la obra de Cristo, y Él promete que el que venza será su hijo, según Apocalipsis 21:7. Yo solamente he rascado la superficie. Les invito a que busquen estos textos por ustedes mismos, y vean la simplicidad y profundidad de esta verdad.

David escribió en el Salmo 27:4, “Una cosa he demandado a YHVH, ésta buscaré: que esté yo en la Casa de YHVH todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de YHVH, e inquirir en su templo.” Lo primero que vemos es que hay una cosa que David le pide a Dios y que quiere buscar. Seguramente, David ha pedido en oración muchas cosas en su vida, como protección de sus enemigos, el perdón de sus pecados, provisión, entre otras cosas. Con todo, su enfoque principal no está en esta vida terrenal. Su enfoque está en aquello que él le ha pedido a YHVH, habitar en la casa de Dios. El enfoque del salmista está en la eternidad. ¿Por qué quiere David estar en la casa de Dios? Porque Dios está allí. Dios es la razón por la cual él quiere habitar en la casa de Dios. David está pidiendo que la promesa de Dios se cumpla en él. Dios no puede mentir, y si estás en Cristo, tú eres heredero de la promesa. Si estás en Cristo, tú eres la posesión de Dios, y Dios es tu posesión por toda la eternidad.

El Rey de todas las naciones

El Salmo 2 es una canción sobe el decreto de Dios en darle un Reino al Mesías, su dominio sobre las naciones, y su ira contra la rebelión. Los primeros tres versículos me recuerdan de la situación actual del mundo, especialmente América y Europa, cómo las naciones no quieren nada que ver con Dios gobernando sobre ellos. La agenda LGBT, el aborto, las escuelas públicas enseñandoles a los niños que el socialismo es estupendo, la falta de autocontrol está bien, la evolución es un hecho, y el cristianismo es malo, son manifestaciones de la rebelión de las naciones. ¿Qué tiene Dios que decir sobre esto? Veamos lo que Dios dice mirando a través de los diferentes segmentos de este Salmo.

¿Para qué se sublevan las naciones,
y los pueblos traman cosas vanas?
Se alzarán los reyes de la tierra,
y con sus príncipes consultarán unidos,
contra YHVH y contra su Ungido, diciendo:
“¡Rompamos sus ligaduras
y echemos de nosotros sus cuerdas!” (vv. 1-3)

Este Salmo comienza con la pregunta de por qué las naciones se sublevan y traman contra Dios en vano. Esta pregunta tiene el propósito de ridiculizar las naciones rebeldes, para señalar que  la sublevación y la conspiración de las naciones contra Dios es todo para nada. Los reyes y príncipes podrán alzarse contra Dios y su Ungido (esto es, Mesías, Cristo), pero nunca tendrán éxito. Estos reyes saben que están sujetos a Dios y a Cristo, y quieren ser “libres” de su dominio, pero nunca lo serán.

El que se sienta en los cielos se sonreirá,
el Señor se burlará de ellos.
Luego les hablará en su ardiente ira,
los aterrorizará en su indignación.
“Yo mismo he ungido a mi Rey
sobre Sión, mi santo monte.” (vv. 4-6)

Dios responde a la rebelión de las naciones con burla, y señalando al Mesías como su Rey. También hay una imagen de juicio aquí cuando dice que “les hablará en su ardiente ira…” Luego Dios dice, “Yo mismo he ungido a mi Rey sobre Sión, mi santo monte.” El Mesías ha recibido el Reino de Dios el Padre. ¿Cuándo recibió Cristo este Reino? Luego de su resurrección. “Toda potestad me ha sido dada en el cielo y en la tierra.” (Mateo 28:18). Yo tomo estas palabras de Jesús literalmente. Jesús tiene toda potestad, no un poco aquí pero no allá. Toda potestad le ha sido dada a Jesús. Pablo menciona en Hechos 17:31 que Dios “ha establecido un día en el cual va a juzgar a la humanidad con justicia, por medio del Varón que designó, presentando a todos garantía de ello cuando lo resucitó de entre los muertos.” La resurrección de Cristo es nuestra garantía de que nuestros pecados han sido perdonados, pero también es una garantía de que Él es quien fue designado para juzgar al mundo. ¿Cómo ocurrirá este juicio? Jesús lo pone en términos simples: “Y cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con Él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de Él todas las naciones, y los apartará unos de otros como el pastor separa las ovejas de las cabras.” (Mateo 25:31-32). En el resto del pasaje, Él describe cómo aquello a su derecha son llamados justos y son bienvenidos a la vida eterna, y aquellos a su izquierda son llamados malditos y echados al castigo eterno (vea Mateo 25:31-46). La escatología de la Biblia es más simple de lo que a veces nosotros la hacemos parecer. Vamos al próximo segmento:

Yo promulgaré el decreto:
YHVH me ha dicho: “Mi hijo eres Tú,
Yo te he engendrado hoy.
¡Pídeme!, y te daré por herencia las naciones,
y como posesión tuya los confines de la tierrs.
Los quebrantarás con cetro de hierro,
los desmenuzarás como vasija de alfarero.” (vv. 7-9)

Claramente la voz que habla aquí es la voz de Cristo. Cristo está hablando sobre lo que el Padre le dijo en la eternidad que Él haría en el tiempo. Dios planeó la redención en la eternidad pasada, y Él lo cumpliría a través del Hijo encarnado. Luego que el Hijo hiciera su obra, Él heredaría las naciones. Las naciones conspiran contra Dios, pero todo es en vano, porque Dios le ha dado a su Ungido el Reino, y Él vendrá a juzgarlas. Ninguna nación, ningún ejército, ningún individuo puede frustrar los planes de Dios. Él reina sobre ellos con autoridad, con la fuerza de su cetro de hierro. Las naciones con todos sus ejércitos serán desmenuzadas porque son frágiles comparadas con el cetro de hierro del Mesías.

Ahora, pues, oh reyes, actuad sabiamente.
Admitid amonestación, jueces de la tierra:
Servid a YHVH con temos,
y regocijaos con temblor.
¡Besad los pies al Hijo!
No sea que se irrite y perezcáis en el camino,
pues de repente se inflama su ira.
¡Cuán bienaventurados son todos los que se refugian en Él! (vv. 10-12)

Los reyes, jueces, y gobernantes de la tierra son advertidos a ser sabios y a temer a Dios, servirle y regocijarse con temor y temblor. Ellos deben darle a Dios y al Mesías lo que merecen porque Él es soberano sobre todo. Les es dicho que besen los pies al Hijo. El besar los pies o las manos es una señal de reverencia que se le da a un rey. Aquí les es dicho que le den reverencia al Hijo porque el día de su juicio e ira viene pronto, y ellos deben humillarse antes que se les haga tarde. Luego hay una bendición divina para aquellos que se refugian en el Hijo. Este mismo Mesías quien es Rey sobre todas las naciones es el refugio de quienes tienen fe en Él. No tenemos nada que temer si Jesús es nuestro refugio. Ya no somos condenados si estamos en Cristo, y por tanto no tenemos ni siquiera que temerle a la muerte ni al juicio porque tenemos la justicia de Cristo por fe. Esto debe hacer que nos regocijemos, y que alabemos y sirvamos a Dios, glorificándole y obedeciendo sus mandamientos. Las naciones podrán rechazar a Dios y a su pueblo, pero Él se ríe de ellos, y les advierte sobre el juicio que está por venir; mientras tanto, Él es también el refugio de su pueblo.

Verdadera comida y verdadera bebida

Luego de redimir a Israel de la esclavitud, Dios los alimentó con maná. Dios los probó, ellos pecaron contra Dios en diferentes ocasiones, e incluso llegaron a rechazar el maná porque estaban cansados de él. En Deuteronomio, Moisés le dice a Israel que “te afligió y te dejó padecer hambre, para sustentarte con el maná que no conocías, ni tus padres habían conocido, para hacerte saber que no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vivirá de todo lo que sale de la boca de YHVH.” (Deuteronomio 8:3). El pueblo de Israel tenía una necesidad mayor que la necesidad de comida o bebida. Dios los dejó padecer hambre para que pudieran entender cuál era su verdadera necesidad, y Dios los alimentó con el maná para que ellos entendieran que es Dios quien provee a través de su Palabra para aquella necesidad. ¿Qué clase de necesidad? La clave está en el maná mismo. El maná apunta a algo mayor. Sabemos esto del Nuevo Testamento.

Vamos a Juan 6 y encontramos el milagro de la alimentación de los cinco mil. La gente comió los panes y los peces que Jesús había multiplicado, y ellos querían tomarlo por la fuerza para hacerlo rey. Ellos vieron a Jesús como un rey que se aseguraría de que sus estómagos estuviesen siempre llenos. Ellos no querían a Jesús por quien Él es, ni siquiera por lo que Él hizo; lo querían por la comida. Jesús, quien conoce el corazón de los hombres, supo que éste era el caso. “Les respondió Jesús y dijo: ‘De cierto, de cierto os digo: Me buscáis, no porque visteis señales, sino porque comisteis de los panes y os saciasteis.'” (v.26). Jesús continúa: “¡Trabajad!, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a Éste selló Dios el Padre.” (v. 27). Jesús les recuerda a los judíos que estaban allí que su verdadera necesidad no era de comida física, sino vida eterna que sólo el Hijo del Hombre puede dar porque sólo Él ha sido sellado por el Padre para este propósito.

Los judíos pidieron una señal, probablemente esperando algo comparable al maná, pues esto es lo que dicen después: “Nuestros padres comieron el maná en el desierto.” (v. 31). Jesús les dice que “no os ha dado Moisés el pan del cielo, sino mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que desciende del cielo y da vida al mundo.” (v. 32-33). La gente que le estaba siguiendo quería pan para llenar sus estómagos, pero Jesús les dijo que ellos necesitaban el pan de vida para llenar sus almas. “¡Yo soy el pan de la vida; el que a mí viene nunca tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás!” (v. 35). En Jesús encontramos la verdadera satisfacción para nuestro hambre y sed. Ahora la pregunta es ésta: ¿Hambre y sed de qué? Jesús dice, “De cierto, de cierto os digo: A menos que comáis la carne del Hijo del Hombre y bebáis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que mastica mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y Yo lo resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida.” (vv. 53-55; énfasis añadido). ¿Qué significa comer su carne y beber su sangre?

Jesús vino al mundo como hombre, como el Segundo Adán, para cumplir el pacto de obras que el primer Adán falló en guardar. Jesús vino a cumplir toda justicia como nuestro representante, que su sacrificio fuera aceptado por Dios el Padre, y que la justicia que Él ha obtenido por nosotros sea nuestra por fe. En esa cruz, “Al que no conoció pecado, por nosotros [Dios el Padre] lo hizo pecado, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en Él.” (2 Corintios 5:21). Esto es importante para nosotros entender lo que significa comer su carne y beber su sangre. Cuando comemos o bebemos algo, nuestro sistema digestivo absorbe los nutrientes que nuestro cuerpo necesita para funcionar. Comer la carne de Jesús y beber su sangre es comer y beber justicia y vida eterna: justicia porque Él la ha obtenido a nuestro favor guardando la Ley que Adán y sus descendientes rompieron; y vida eterna porque Él es la resurrección y la vida (vea Juan 11:25-26), y porque luego de haber sido crucificado, muerto y sepultado, resucitó de entre los muertos, y el seguramente regresará para resucitar a su pueblo de entre los muertos a la bendición eterna. Esto es lo que recibimos en su carne y sangre. ¿Cómo recibimos esta justicia y vida eterna? Por gracia, por medio de la fe (vea Efesios 2:8-9). Mencioné en mi primer artículo que la fe descansa en la unión con Cristo. Cristo mismo presenta esta imagen cuando dice que “El que mastica mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y Yo en él. Como me envió el Padre viviente, y Yo vivo del Padre, de igual modo el que me mastica, también él vivirá de mí.” (Juan 6:56-57). Solamente a través de la fe es que recibimos a Cristo y todos sus beneficios, y es cómo somos unidos a Cristo. Si creemos en Cristo, permanecemos en Él, y Él en nosotros.

Esa es la misma imagen que presenta el sacramento de la Cena del Señor, pues el pan es llamado el cuerpo de Cristo y el vino es llamado la sangre de Cristo. La Cena del Señor, sin embargo, es más que una imagen. Nosotros verdaderamente recibimos la carne y la sangre de Jesús, pero es a través de la fe, no por los elementos del pan y el vino. Como dice el Artículo 35 de la Confesión Belga:

…no erramos cuando decimos que lo que es comido y bebido por nosotros es el propio y natural cuerpo y la propia sangre de Cristo. Pero la manera en que participamos de los mismos no es por la boca, sino por el Espíritu a través de la fe. […] Este banquete es una mesa espiritual en la cual Cristo se nos comunica a sí mismo con todos sus beneficios, y nos da en ella a gustar tanto a sí mismo y los méritos de sus sufrimientos y muerte, alimentando, fortaleciendo, y consolando nuestras pobres almas por el comer de su carne, vivificándolas y refrescándolas por el beber de su sangre.

En otras palabras, cada vez que participamos en la Cena del Señor, nosotros estamos siendo reasegurados por Cristo a través del Espíritu Santo de todas las promesas del Evangelio, y estas promesas nos están siendo presentadas y dadas de nuevo. En este sacramento confesamos nuestra unión con Cristo y, en un sentido, renovamos nuestros votos; y el Espíritu Santo nos predica el Evangelio y sus promesas a través de los sentidos de la visión, tacto, olfato, y gusto, mientras tomamos del pan y el vino. Por esto no podemos tomar la Cena del Señor ligeramente. Recuerda esto cada vez que participas de este sacramento. En él no sólo recibimos pan y vino, recibimos y gustamos espiritualmente a Cristo y los méritos de sus sufrimientos y muerte. Este sacramento no es meramente un símbolo, y tampoco es algún tipo de magia. Cuando reducimos la Cena del Señor a un mero símbolo, y cuando confundimos la señal con la cosa señalada, perdemos de vista lo que Dios está haciendo por su pueblo a través del sacramento.

Ciertamente, Cristo es verdadera comida y verdadera bebida. En el Sermón del Monte, Jesús dice estas palabras: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.” (Mateo 5:6). Hoy, mucha gente rechaza el verdadero maná, el pan de vida, Jesucristo. Eso es porque no tienen hambre ni sed de justicia. Ellos están engañados creyendo que no necesitan esta justicia. Todos estuvimos alguna vez en esta condición. Estábamos vacíos de justicia y llenos de pecado, pero el Espíritu Santo vino a través de la Palabra y nos mostró nuestra necesidad. Como Dios dejó al pueblo de Israel padecer hambre en el desierto y los alimentó con maná, así hizo con nosotros. Dios nos hizo conscientes de nuestro pecado, y nos dio un hambre y sed de justicia. No sólo hizo eso, sino que además proveyó lo que necesitábamos para satisfacer nuestra hambre y sed: nos dio a Cristo quien es nuestra justicia, y comimos su carne y bebimos su sangre.

No por ley, sino por gracia solamente

Gálatas 2:19b-21 [BTX]: “Con Cristo he sido juntamente crucificado, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, quien me amó, y se entregó a sí mismo por mí. No rechazo la gracia de Dios, porque si por la ley fuera la justicia, entonces en vano murió Cristo.”

Pablo dice que él ha sido crucificado con Cristo. Esta frase en el griego es Χριστῷ συνεσταύρωμαι. Esta frase literalmente lee “Cristo con-crucificado [he sido]”. Esto es lo que Pablo está enfatizando: la verdadera fe descansa en la unión con Cristo. Debemos tener cuidado cuando usamos esta palabra fe, pues es una palabra que ha sido redefinida por el mundo, y a veces nosotros usamos la definición de fe del mundo como si fuera verdad. Una fe que no descansa en la unión con Cristo es una falsa fe, un salto ciego al abismo.

Pablo dice aquí en su carta a los gálatas que la fe nos une con Cristo en su muerte en la cruz y su resurrección. Cuando él dice “Con Cristo he sido juntamente crucificado”, él habla una verdad profunda. Si estamos unidos con Cristo, hemos muerto. Hemos crucificado nuestra vieja naturaleza. Nuestra vieja naturaleza ha sido sepultada con Cristo. Ahora somos renacidos con Cristo por su resurrección, y resucitaremos de entre los muertos en el día final, a la final trompeta. Hemos renacido, pero nuestra vieja naturaleza está aún muerta y sepultada, por lo cual Pablo puede decir “y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, quien me amó, y se entregó a sí mismo por mí.” Pablo no solamente puede decir que su vieja naturaleza murió con Cristo y que él tiene nueva vida en completa unión con Cristo, sino también puede decir con toda confianza que el Hijo de Dios lo amó y se entregó a sí mismo por él.

El amor de Cristo es usualmente malentendido en muchas iglesias y en el mundo. Muchas personas piensan en el amor de Cristo como genérico e hipotético. El amor de Cristo es personal y actual, es un amor particular por aquellos por quienes Él murió. Cristo no murió por una masa hipotética de gente. No es como si Cristo hubiera hecho el 99% de la obra esperando que la gente haga el restante 1%. Si ese fuera el caso, no tenemos esperanza. Cuando nuestro Gran Sumo Sacerdote murió en esa cruz, Él tenía los nombres de todos y cada uno de sus escogidos en su mente y corazón, así como el sumo sacerdote en el Antiguo Pacto tenía los nombres de las doce tribus de Israel en sus hombros y en su pectoral. Nuestro Gran Sumo Sacerdote conoce los nombres de todo su pueblo, y Él intercede por ellos ante el Padre.

El Apóstol continúa, “No rechazo la gracia de Dios, porque si por la ley fuera la justicia, entonces en vano murió Cristo.” En otras palabras, Pablo dice “No rechazo la gracia de Dios porque mi justificación no depende de mis obras. Si lo fuera, entonces el sacrificio expiatorio de Cristo es vano, y eso rechaza la gracia de Dios.” Si la justificación fuera por obras, no sería por gracia, porque entonces sería como un premio o salario, como en el ejemplo de Romanos 4: que “al que obra, no se le cuenta el salario como gracia sino como deuda, pero al que no obra, sino que cree en el que declara justo al impío, su fe le es contada como justicia.” (Romanos 4:4-5). Si yo puedo ganar mi salvación por mis obras, entonces no hay razón en absoluto para la muerte de Cristo, pues sería absolutamente innecesaria. De nuevo, Cristo no estaba haciendo el 99% de la obra esperando que nosotros hagamos el restante 1%. O Cristo lo hizo todo, o no hizo nada, porque Dios nunca hace una obra incompleta o imperfecta. Nuestra salvación no depende de nuestra propia justicia sino en la justicia de Cristo que recibimos por gracia solamente, por medio de la fe solamente.

Cristo dijo en el Sermón del Monte “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.” (Mateo 5:3). Aquellos de nosotros que hemos sido salvos hemos reconocido que no tenemos absolutamente ninguna justicia propia con la cual entrar al Reino de Dios. Tenemos también este consuelo: Jesucristo ha obtenido esa justicia, y es nuestra por fe. La salvación es del Señor (Jonás 2:9). ¿Quién puede frustrar el perfecto plan de Dios? Nadie. “El que se gloría, gloríese en el Señor.” (1 Corintios 1:31).

The Promise

Of all the promises of Scripture, there is one that stands out from the rest and is repeated throughout. When God made a covenant with Abraham, He promised that He would “be God to you and to your offspring after you”, and of Abraham’s offspring He says, “I will be their God” (Genesis 17:7, 8). In Exodus 6, God tells Moses to speak to the people of Israel that He would deliver them from slavery, and in verse 7, God says, “I will take you to be my people, and I will be your God…” When God gave Moses and the people of Israel the instructions for the consecration of the priests, He says, “I will dwell among the people of Israel and I will be their God.” (Exodus 29:45). In Leviticus 26:12, we see that one of the blessings for obedience to the Law is “And I will walk among you and will be your God, and you shall be my people.” When Jeremiah received the vision of the figs in chapter 24, God says of the exiles from Judah, “I will give them a heart to know that I am YHWH, and they shall be my people and I will be their God, for they shall return to me with their whole heart.” (Jeremiah 24:7). In Jeremiah 30, God speaks about the restoration of Israel, and in verse 22 He says, “And you shall be my people, and I will be your God.” Similar words are repeated in Jeremiah 31:1. God then speaks through Jeremiah about the New Covenant:

“Behold, the days are coming, declares YHWH, when I will make a new covenant with the house of Israel and the house of Judah, not like the covenant that I made with their fathers on the day when I took them by the hand to bring them out of the land of Egypt, my covenant that they broke, though I was their husband, declares YHWH. For this is the covenant that I will make with the house of Israel after those days, declares YHWH: I will put my law within them, and I will write it on their hearts. And I will be their God, and they shall be my people.” (Jeremiah 31:31-33)

Again, God promises that He would gather Israel from exile, and says in Jeremiah 32:38-39, “And they shall be my people, and I will be their God. I will give them one heart and one way, that they may fear Me forever, for their own good and the good of their children after them.” The prophet Ezekiel speaks on behalf of YHWH about the same thing, bringing Israel back from exile into their land. God says, “And I will give them one heart, and a new spirit I will put within them. I will remove the heart of stone from their flesh and give them a heart of flesh, that they may walk in my statutes and keep my rules and obey them. And they shall be my people, and I will be their God.” (Ezekiel 11:19-20). In Ezekiel 34, God speaks against false shepherds, and says that He will set David as prince over Israel. By David, of course, He refers to Jesus. In verse 24, God says, “And I, YHWH, will be their God, and my servant David shall be prince among them. I am YHWH; I have spoken.” God promises Israel again that they would return to their land; He again speaks the phrase “…you shall be my people, and I will be your God.” (Ezekiel 36:28). He again says this in chapter 37, verses 23 and 27. We find this also in Zechariah 8:8.

In the New Testament, the Apostle Paul tells the Corinthians that we are the temple of the living God, and he quotes from the Law and the prophets in 2 Corinthians 6:16, “I will make my dwelling among them and walk among them, and I will be their God, and they shall be my people.” The author of the epistle to the Hebrews quotes from Jeremiah 31, and repeats the words I will be their God, and they shall be my people” in Hebrews 8:10. In the book of Revelation, there are two instances where this phrase appears. In the first one, the Apostle John writes, “And I heard a loud voice from the throne saying, ‘Behold, the dwelling place [or tabernacleof God is with man. He will dwell with them, and they will be His people, and God Himself will be with them as their God’.” (Revelation 21:3). Then God speaks to John from the throne, and He says, “The one who conquers will have this heritage, and I will be his God and he will be my son.” (Revelation 21:7).

Why did we go through all these verses where God promises to be God to His people? I just wanted to give a bit of a perspective of what we’re talking about here: this is the main and greatest promise of God to His people. What gift could God give that is greater than God Himself? It would have been amazing grace if God simply freed us from the punishment of hell, and put us some place where we won’t suffer eternally. God chose instead to give us the greatest thing in existence, Himself.

Notice the context in which this promise is made. We see this promise in the context of covenant. In the Scriptures, God has always dealt with man through covenants. We see that it is the reward for obedience to the Law which, of course, man cannot do because of his sin. Paul teaches that the Law functioned back then the same way it does today, as a guardian or pedagogue (Galatians 3:24) to teach man that he cannot obtain salvation through works. This means that the Law was never intended to save anyone, but to make man look outside of himself and look to the promised Messiah, and the Law still does this today and that’s why we preach the Law so that man might see his need and believe the Gospel. Why is it important, though, to see the context of covenant behind the promise of God? Because of how God accomplished this. In the covenant of works, God made this promise to Adam on condition of perfect obedience; Adam failed. Later, God promised Abraham that all the nations of the earth would be blessed through his offspring, Jesus; we know this from the New Testament, especially Galatians. Jesus, who is the second Adam, came to keep the covenant of works that the first Adam broke, so that God’s people might receive grace through His death on the cross. The wicked still have in them the sin of the first Adam. God’s people receive the righteousness of the second Adam through faith. It is through this same faith that Abraham received the promises of God. These same promises we receive in Christ, which is why Paul can say that if we are Christ’s, we are Abraham’s offspring, heirs according to the promise (Galatians 3:29). The fact that this promise is restated throughout the whole Scripture makes clear the unity of Scripture in the unfolding of the covenant of grace throughout redemptive history. In one instance, the promise was restated during the giving of the instructions for the consecration of the priests in Leviticus. God would dwell among His people by the intercession of these priests. We have a greater Priest, our High Priest Jesus Christ. He has made the perfect sacrifice, He rose from the dead, and ascended into heaven where He now intercedes for all His people. Because of His intercession, there’s no need for earthly priests so that God may dwell among His people.

We see behind the promise and the covenant the concepts of redemption and restoration, as we see in the restatement of the promise when He redeemed Israel from slavery, and when God promised those who were in exile that they would return to their land. In the same way, in Christ we have been redeemed from Satan, sin, and death. He has restored our original relationship with God, since Christ as our Mediator has reconciled us to God (Romans 5:10; 1 Timothy 2:5). He has also reconciled us to one another. By the death of Christ, the dividing wall of hostility between Jews and Gentiles has been broken down, creating in Himself one new man in place of the two, so making peace (Ephesians 2:11-22). The intention of God is clear, to become the God of a particular people by making them His own through redemption. This particular people is the Church. We also see the concept of regeneration in places like Ezekiel 36 and 37. We were dead in sin, a valley of dry bones, and God gave us new life in Jesus Christ.

This promise is eschatological in its nature. We are God’s people, and we serve Him as our God. Yet, we still have not been glorified. God dwells within us in the Person of the Holy Spirit, and we are the temple of God, but there will come a time when all creation will see this in its fullness. This is why creation eagerly awaits the revealing of the sons of God, and we await the redemption of our bodies (Romans 8:18-25). Right now, we are still fighting the sin in our flesh, but when Jesus returns, our bodies will be transformed and there will be no more sin. The rest of creation will be flooded by fire, the fire of purification and judgment, by which the wicked will perish. There will be a new creation where there is no more sin. God will dwell among His people and we will worship Him eternally. We will be able to perfectly glorify and enjoy God forever, which is the chief end of man, because sin will not bother our lives anymore. Remember what John saw in Revelation 21. He saw the new creation and the new Jerusalem, and he writes, “And I saw no temple in the city, for its temple is the Lord God the Almighty and the Lamb.” (v. 22). The last and perfect temple is not a building, it is God Himself. The promise of God is this: God and His people living in perfect communion for all eternity. Geerhardus Vos in his ‘Biblical Theology’ says this about Abraham and the promise: “It is emphasized in the narrative that the patriarch’s supreme blessedness consisted in the possession of God Himself: ‘Fear not, Abraham, I am thy shield, thy exceeding great reward’ [Gen. 15:1]. For this treasure he could cheerfully renounce all other gifts.” Can you think of any greater possession than God Himself? I want to point out that not only have we been chosen by God to be His people, but also to be His own children. We have been adopted as sons and daughters of God through the work of Christ, and He promises that the one who conquers will be His son, according to Revelation 21:7. I’ve only scratched the surface. I invite you to look into these texts for yourself, and look at the simplicity and depth of this truth.

David wrote in Psalm 27:4, “One thing have I asked of YHWH, that will I seek after: that I may dwell in the house of YHWH all the days of my life, to gaze upon the beauty of YHWH and to inquire in His temple.” The first thing we see is that this is the one thing that David asked of God and that he would seek. Surely, David has asked in prayer many things in his life, like protection from his enemies, forgiveness of sins, provision, among other things. Yet, his main focus is not on this earthly life. His main focus is in this one thing that he asked of YHWH, that he may dwell in the house of God. The focus of the psalmist is in eternity. Why does David want to be in the house of God? Because God is there. God is the reason why he wants to dwell in God’s house. David is asking for the promise of God to be fulfilled in him. God cannot lie, and if you are in Christ, you are an heir of the promise. If you are in Christ, you are God’s possession, and God is your possession for all eternity.