Verdadera comida y verdadera bebida

Luego de redimir a Israel de la esclavitud, Dios los alimentó con maná. Dios los probó, ellos pecaron contra Dios en diferentes ocasiones, e incluso llegaron a rechazar el maná porque estaban cansados de él. En Deuteronomio, Moisés le dice a Israel que “te afligió y te dejó padecer hambre, para sustentarte con el maná que no conocías, ni tus padres habían conocido, para hacerte saber que no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vivirá de todo lo que sale de la boca de YHVH.” (Deuteronomio 8:3). El pueblo de Israel tenía una necesidad mayor que la necesidad de comida o bebida. Dios los dejó padecer hambre para que pudieran entender cuál era su verdadera necesidad, y Dios los alimentó con el maná para que ellos entendieran que es Dios quien provee a través de su Palabra para aquella necesidad. ¿Qué clase de necesidad? La clave está en el maná mismo. El maná apunta a algo mayor. Sabemos esto del Nuevo Testamento.

Vamos a Juan 6 y encontramos el milagro de la alimentación de los cinco mil. La gente comió los panes y los peces que Jesús había multiplicado, y ellos querían tomarlo por la fuerza para hacerlo rey. Ellos vieron a Jesús como un rey que se aseguraría de que sus estómagos estuviesen siempre llenos. Ellos no querían a Jesús por quien Él es, ni siquiera por lo que Él hizo; lo querían por la comida. Jesús, quien conoce el corazón de los hombres, supo que éste era el caso. “Les respondió Jesús y dijo: ‘De cierto, de cierto os digo: Me buscáis, no porque visteis señales, sino porque comisteis de los panes y os saciasteis.'” (v.26). Jesús continúa: “¡Trabajad!, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a Éste selló Dios el Padre.” (v. 27). Jesús les recuerda a los judíos que estaban allí que su verdadera necesidad no era de comida física, sino vida eterna que sólo el Hijo del Hombre puede dar porque sólo Él ha sido sellado por el Padre para este propósito.

Los judíos pidieron una señal, probablemente esperando algo comparable al maná, pues esto es lo que dicen después: “Nuestros padres comieron el maná en el desierto.” (v. 31). Jesús les dice que “no os ha dado Moisés el pan del cielo, sino mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que desciende del cielo y da vida al mundo.” (v. 32-33). La gente que le estaba siguiendo quería pan para llenar sus estómagos, pero Jesús les dijo que ellos necesitaban el pan de vida para llenar sus almas. “¡Yo soy el pan de la vida; el que a mí viene nunca tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás!” (v. 35). En Jesús encontramos la verdadera satisfacción para nuestro hambre y sed. Ahora la pregunta es ésta: ¿Hambre y sed de qué? Jesús dice, “De cierto, de cierto os digo: A menos que comáis la carne del Hijo del Hombre y bebáis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que mastica mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y Yo lo resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida.” (vv. 53-55; énfasis añadido). ¿Qué significa comer su carne y beber su sangre?

Jesús vino al mundo como hombre, como el Segundo Adán, para cumplir el pacto de obras que el primer Adán falló en guardar. Jesús vino a cumplir toda justicia como nuestro representante, que su sacrificio fuera aceptado por Dios el Padre, y que la justicia que Él ha obtenido por nosotros sea nuestra por fe. En esa cruz, “Al que no conoció pecado, por nosotros [Dios el Padre] lo hizo pecado, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en Él.” (2 Corintios 5:21). Esto es importante para nosotros entender lo que significa comer su carne y beber su sangre. Cuando comemos o bebemos algo, nuestro sistema digestivo absorbe los nutrientes que nuestro cuerpo necesita para funcionar. Comer la carne de Jesús y beber su sangre es comer y beber justicia y vida eterna: justicia porque Él la ha obtenido a nuestro favor guardando la Ley que Adán y sus descendientes rompieron; y vida eterna porque Él es la resurrección y la vida (vea Juan 11:25-26), y porque luego de haber sido crucificado, muerto y sepultado, resucitó de entre los muertos, y el seguramente regresará para resucitar a su pueblo de entre los muertos a la bendición eterna. Esto es lo que recibimos en su carne y sangre. ¿Cómo recibimos esta justicia y vida eterna? Por gracia, por medio de la fe (vea Efesios 2:8-9). Mencioné en mi primer artículo que la fe descansa en la unión con Cristo. Cristo mismo presenta esta imagen cuando dice que “El que mastica mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y Yo en él. Como me envió el Padre viviente, y Yo vivo del Padre, de igual modo el que me mastica, también él vivirá de mí.” (Juan 6:56-57). Solamente a través de la fe es que recibimos a Cristo y todos sus beneficios, y es cómo somos unidos a Cristo. Si creemos en Cristo, permanecemos en Él, y Él en nosotros.

Esa es la misma imagen que presenta el sacramento de la Cena del Señor, pues el pan es llamado el cuerpo de Cristo y el vino es llamado la sangre de Cristo. La Cena del Señor, sin embargo, es más que una imagen. Nosotros verdaderamente recibimos la carne y la sangre de Jesús, pero es a través de la fe, no por los elementos del pan y el vino. Como dice el Artículo 35 de la Confesión Belga:

…no erramos cuando decimos que lo que es comido y bebido por nosotros es el propio y natural cuerpo y la propia sangre de Cristo. Pero la manera en que participamos de los mismos no es por la boca, sino por el Espíritu a través de la fe. […] Este banquete es una mesa espiritual en la cual Cristo se nos comunica a sí mismo con todos sus beneficios, y nos da en ella a gustar tanto a sí mismo y los méritos de sus sufrimientos y muerte, alimentando, fortaleciendo, y consolando nuestras pobres almas por el comer de su carne, vivificándolas y refrescándolas por el beber de su sangre.

En otras palabras, cada vez que participamos en la Cena del Señor, nosotros estamos siendo reasegurados por Cristo a través del Espíritu Santo de todas las promesas del Evangelio, y estas promesas nos están siendo presentadas y dadas de nuevo. En este sacramento confesamos nuestra unión con Cristo y, en un sentido, renovamos nuestros votos; y el Espíritu Santo nos predica el Evangelio y sus promesas a través de los sentidos de la visión, tacto, olfato, y gusto, mientras tomamos del pan y el vino. Por esto no podemos tomar la Cena del Señor ligeramente. Recuerda esto cada vez que participas de este sacramento. En él no sólo recibimos pan y vino, recibimos y gustamos espiritualmente a Cristo y los méritos de sus sufrimientos y muerte. Este sacramento no es meramente un símbolo, y tampoco es algún tipo de magia. Cuando reducimos la Cena del Señor a un mero símbolo, y cuando confundimos la señal con la cosa señalada, perdemos de vista lo que Dios está haciendo por su pueblo a través del sacramento.

Ciertamente, Cristo es verdadera comida y verdadera bebida. En el Sermón del Monte, Jesús dice estas palabras: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.” (Mateo 5:6). Hoy, mucha gente rechaza el verdadero maná, el pan de vida, Jesucristo. Eso es porque no tienen hambre ni sed de justicia. Ellos están engañados creyendo que no necesitan esta justicia. Todos estuvimos alguna vez en esta condición. Estábamos vacíos de justicia y llenos de pecado, pero el Espíritu Santo vino a través de la Palabra y nos mostró nuestra necesidad. Como Dios dejó al pueblo de Israel padecer hambre en el desierto y los alimentó con maná, así hizo con nosotros. Dios nos hizo conscientes de nuestro pecado, y nos dio un hambre y sed de justicia. No sólo hizo eso, sino que además proveyó lo que necesitábamos para satisfacer nuestra hambre y sed: nos dio a Cristo quien es nuestra justicia, y comimos su carne y bebimos su sangre.