Escatología y la mentalidad celestial

Introducción

Geerhardus Vos dice en su ‘Teología Bíblica’ que “La religión bíblica es completamente escatológica en su panorama.” Muchos de nosotros conocemos lo que dice el Catecismo Menor de Westminster: “¿Cuál es el fin principal del hombre? El fin principal del hombre es glorificar a Dios, y gozar de Él para siempre.” El fin y propósito de la existencia del hombre y de la obra de Dios en la redención es escatológico. La glorificación de Dios y nuestro disfrute de su gloria—de esto tenemos un anticipo, y lo veremos en su plenitud en el siglo venidero, en la consumación del Reino. La escatología es mucho más que tratar de adivinar cuál es la fecha de la venida de Cristo, o si la nación de Israel juega un papel mayor en las cosas del fin, o qué o quién es el anticristo. Al igual que el resto de la teología, nuestra escatología debe comenzar con Dios, no el hombre. Dependiendo de nuestro enfoque hermenéutico llegaremos a diferentes conclusiones escatológicas. Nuestro enfoque determina nuestra teología y cosmovisión, y en la misma forma, determina nuestra escatología. ¿Qué dice nuestra escatología sobre el Reino de Cristo? ¿Es terrenal o es celestial? ¿Debemos centrar nuestra escatología en la gloria de Dios en la redención por medio de Cristo, al igual que el resto de nuestra teología? ¿Qué dice nuestra escatología sobre el modo en que debemos vivir en la tierra?

En este artículo, haré un contraste entre diferentes escatologías, no viendo los distintos puntos de vista escatológicos, sino viendo su enfoque. No se pretende atacar alguna perspectiva escatológicaparticular, sino que busco que este artículo sirva para que consideremos si tenemos el correcto enfoque en nuestra escatología. Algunos de ustedes estarán en desacuerdo conmigo, les advierto, mas espero que lo consideren desde una persmectiva bíblica.

Escatología del miedo

Es algo común ver una escatología del miedo en las iglesias evangélicas. Aquellos que se aferran a esta escatología temen a lo que vaya a traer el futuro. Siempre están preocupados por si serán o no salvos cuando Cristo venga, y por cada evento que sale en las noticias. La especulación es su pan de cada día. “¿Quién es el anticristo? ¿Es ésta la  marca de la bestia? ¿Se irá Israel a la guerra otra vez?” y muchas otras preguntas pasan por sus mentes porque no tienen alternativa. ¿Es esto lo que nuestra escatología debe hacer que hagamos? No me malinterpreten, a veces no pensamos sobre el regreso de Jesús lo suficiente, pero hay una diferencia entre anhelar su regreso, y estar constantemente preocupado por todo evento político y colapso económico que ocurre en este planeta. También debemos examinarnos a nosotros mismos como si Jesús fuera a venir el día siguiente, no con temor desesperado, sino con sobriedad, porque nuestro pánico puede dirigir nuestra fe lejos de Cristo y hacia nuestras obras.

El Pentecostalismo puertorriqueño es muy dispensacional. Unos amigos míos me han contado sobre una joven en la iglesia Pentecostal, y surgió el tema del regreso de Jesús. Ella estaba ansiosa porque no sabía si estaba preparada para el rapto. El dispensacionalismo mezclado con el legalismo que se ve en muchas iglesias Pentecostales en Puerto Rico es una combinación mortal. Si no te conformas a las normas de la iglesia Pentecostal, no estás listo para el rapto, y sufrirás la gran tribulación. La ansiedad de la joven no es sorprendente, considerando este contexto. A ella le han lavado el cerebro con una escatología de miedo que le dice que si no obra lo suficiente para mantener su salvación, ella sólo está lista para ver al anticristo. Ahora, no es un secreto que siento disgusto por el dispensacionalismo, pero esto no es específicamente un ataque a ese sistema de interpretación. Es un ataque a una escatología que nos hace temerle al futuro en lugar de anhelar el regreso de Cristo.

Escatología del pesimismo

Esta escatología está relacionada a la del miedo en que se enfoca en las cosas que suceden alrededor del mundo y se preocupa sobre ellas todo el tiempo. La diferencia es que la persona con la escatología del pesimismo anhela la venida de Cristo, excepto que la razón de su anhelo es el querer escapar del mal que ve en el mundo. Algunos podrían adecuadamente llamarlo ‘escapismo’. Tiene casi el mismo nivel de especulación que tiene la escatología del miedo, buscando señales de la venida de Cristo en cada evento que ocurre alrededor del mundo. La ansiedad que surge de esta especulación, en vez de producir miedo, produce una especie de depresión escatológica. “Todo anda mal. Nada está bien. Quiero escapar.” No hay nada malo en ver al mundo y anhelar que Cristo ponga todas las cosas en orden. El problema es cuando nos enfocamos en las cosas terrenales tanto que anhelamos por el regreso de Cristo por las razones equivocadas, queriendo escapar de nuestras responsabilidades aquí en la tierra. En algunos casos, ese escape se parece más a una utopía en la tierra, que me lleva a la próxima escatología.

Escatología de la utopía

Aquellos que se aferran a la escatología de la utopía miran al mundo con una mezcla de ansiedad e híper-optimismo, y quieren cambiar el mundo a través de la influencia cultural. La diferencia entre la utopía de la escatología del pesimismo y la de la escatología utópica es que la primera utopía es simplemente un método de escape de los problemas que hoy enfrentamos, y la segunda es un ideal por el cual el creyente obra duramente. La influencia cultural es la manera por el cual el creyente quiere cambiar el mundo. ¿Está mal que los cristianos individuales tengan influencia en la cultura? De ningún modo. Yo animaría a cristianos individuales a que sean buenos en su llamado, sea en educación, en los negocios, en las artes, y hasta en la política, todo para la gloria de Dios. Aún así, debemos darnos cuenta que la influencia cultural no fue la manera en que Jesús y los Apóstoles cambiaron el mundo. Ellos cambiaron el mundo con el Evangelio. Nosotros no cambiamos la cultura para cambiar individuos. Proclamamos el Evangelio que cambia a individuos que luego cambiarán la cultura a su manera. Si queremos ver que nuestra cultura cambie, prediquemos el Evangelio, pero recordemos que Dios escoge si la gente y la cultura cambiará o no. El resultado de la predicación del Evangelio no está bajo nuestro control, está bajo el control de Dios.

Aunque estas tres escatologías tienen muchas diferencias, todas tienen algo en común. En la superficie, parecen como si no hubiera similitud alguna entre ellas, pero una mirada más de cerca nos hará ver lo que las hace similares. El enfoque de las escatologías del miedo, del pesimismo, y de la utopía es uno terrenal. La primera ve al mundo con temor a las consecuencias de eventos diarios. La segunda ve al mundo con pesimismo y ansiedad deseando escapar del mal que nos rodea. La tercera mira al mundo con híper-optimismo queriendo traer los cielos nuevos y la tierra nueva a través de la influencia cultural. Todas, empero, miran al mundo como su enfoque. El mundo se ha vuelto una venda a los ojos de muchos creyentes que no nos permite ver la gloria de Dios en la redención ni nos permite anhelar el regreso de Cristo como debemos. Esto nos lleva a la escatología final.

Escatología del cielo

El autor de Hebreos en el capítulo 11 describe la fe y hace una lista de gente de quien se ha escrito en al Antiguo Testamento como ejemplos de fe. Luego de tomar un buen vistazo sobre Abraham, él escribe also así como una conclusión temprana:

Conforme a la fe murieron todos éstos, no habiendo recibido las promesas, sino mirándolas de lejos, las creyeron y las saludaron, confesando así que eran extranjeros y peregrinos en la tierra. Porque los que dicen estas cosas dan a entender que buscan una patria, y si ciertamente se acordaran de aquella de donde salieron, hubieran tenido tiempo de regresar, pero anhelaban una mejor, esta es, la celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos, pues les preparó una ciudad. (Hebreos 11:13-16)

Las personas que aparecen en la lista del autor de Hebreos como ejemplos de fe esperaban el estado escatológico. Ellos deseaban algo más allá de lo que vieron aquí en la tierra. Sin embargo, esa fe les hizo hacer grandes cosas mientras estaban en la tierra. Esa fe no les hizo querer dejar atrás sus responsabilidades terrenales, sino hacerlo todo para la gloria del Rey de la ciudad celestial. Creo que Geerhardus Vos no pudo haberlo dicho mejor:

El hombre pertenece a dos esferas. Y la Escritura no sólo enseña que estas dos esferas son distintas, también enseña qué estimado de importancia relativa debe ser colocada sobre ellas. El cielo es la creación primordial, la tierra es la creación secundaria. En el cielo están las realidades supremas; lo que nos rodea aquí abajo es una copia y sombra de las cosas celestiales. Porel hecho de que la relación entre las dos esferas es positiva, y no negativa, no mutuamente repulsiva, la mentalidad celestial no dar lugar al descuido de los deberes pertenecientes a la vida presente. Es la ordenanza y la voluntad de Dios, que no aparte de, sino a base de, y en contacto con, la esfera terrenal el hombre obrará su destino celestial. Con todo lo bajo no puede suplantar lo alto en nuestros afectos. (Geerhardus Vos, del sermón Mentalidad celestial [traducción propia de ‘Heavenly-mindedness’])

A nuestro primer padre Adán le fue prometido el estado escatológico—la misma perfecta comunión que tendremos con Dios en la eternidad—para él y para sus descendientes con la condición de la obediencia perfecta. Menciono esto porque, como Vos lo pondría, la escatología precede la soteriología. Adán no necesitó salvación hasta que pecó. Mi punto es que desde el principio la Biblia mira hacia ese estado escatológico, aun cuando el hombre no necesitaba salvación. Adán falló, y luego Cristo vino para cumplir la obra de Adán por nosotros. Esto es porque Dios ha escogido glorficarse por medio de la redención de pecadores. Una mala escatología falla en tener en cuenta estas verdades, y desvía su enfoque fuera de la gloria de Dios en la redención. Falla en poner las categorías en orden. Una mala escatogía hace primordiales las cosas terrenales y secundarias las cosas celestiales, haciendo que las cosas celestiales sean la copia y sombra de las cosas terrenales.

Por esto escribí este artículo: para retarnos a tener una perspectiva celestial no sólo de nuestra escatología, sino también de nuestra vida. Quizás no nos damos cuenta, pero nuestra escatología afecta cómo vemos los eventos mundiales, la cultura, la vida cotidiana. En otras palabras, nuestra cosmovisión es, en cierto sentido, afectado por nuestra escatología. Fue Cristo quien nos dijo que buscáramos primero el Reino de Dios y su justicia (Mateo 6:33). Nuestra perspectiva sobre qué es el Reino de Dios afecta nuestro evangelismo y nuestra eclesiología. Si creemos que el Reino es terrenal, usaremos medios terrenales mara traer este Reino. Si escuchamos a Jesús quien dijo “Mi Reino no es de este mundo” (Juan 18:36), no pondremos nuestra confianza en medios terrenales para atraer gente a la iglesia y mantenerla ahí, y en vez obedeceremos a Dios y usaremos los medios que Él nos ha dado para el crecimiento y la preservación de la iglesia—la Palabra y los sacramentos.

¿Cuál debe ser nuestro enfoque en nuestra escatología? El cielo, específicamente, Dios mismo. Él es nuestro más grande galardón, y el se ha ofrecido y se ha entregado a nosotros por gracia. Cuando tengamos nuestro enfoque en el cielo, todo se verá diferente (hablo según mi experiencia). Cuando miramos al cielo, vemos a Dios en su trono, soberano sobre la creación y la providencia, controlando todas las cosas para su gloria y nuestro bien. Vemos a Jesús reinando con el Padre en majestad, intercediendo por su pueblo. Vemos las promesas de Dios cumplidas en Jesucristo. Él reina hasta que sus enemigos sean puestos debajo de sus pies. Cada vez que adoramos a Dios en el Día del Señor,  entramos a la misma presencia de Dios, un anticipo del siglo venidero. Nos unimos con los ángeles en adoración quienes cantan de día en día cantan “Santo, santo, santo es YHVH de los ejércitos”. Hay mucho más que podría mencionar sobre esta perspectiva celestial, pero eso tomaría mucho tiempo y espacio.

Todo se reduce a esto: el cielo debe ser nuestro enfoque. No estoy llamando al pietismo ni al escapismo, sino a la mentalidad celestial. Lo que estoy diciendo es que todo lo que hagamos aquí en la tierra debe ser hecho con fe, mirando hacia la ciudad de Dios, como hicieron los ejemplos de fe en Hebreos 11. Jesús dijo que toda potestad en el cielo y en la tierra le ha sido dada (Mateo 28:18). Él también nos prometió que estaría con nosotros hasta el fin del siglo (Mateo 28:20). Vivamos nuestras vidas sabiendo estas verdades, que Jesús es Rey y Él nunca se apartará de nuestro lado, y nadie podrá arrancarnos de su mano. También el Evangelio debe predicarse a todas las naciones. No podemos descansar hasta que el cuerpo de Cristo esté completo. Hagamos estas cosas sabiendo que al final del siglo veremos a Dios en toda su majestad, y le glorificaremos y gozaremos de Él para siempre en perfecta comunión.

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La Promesa

De todas las promesas de la Escritura, hay una que sobresale del resto y es repetida a través de toda la Biblia. Cuando Dios hizo pacto con Abraham, prometió que Él sería “el Dios tuyo y el de tu descendencia después de ti.”, y de la simiente de Abraham Él dice, “seré su Dios.” (Génesis 17:7, 8). En Éxodo 6, Dios le dice a Moisés que le diga al pueblo de Israel que Él los libraría de la esclavitud, y en el versículo 7, Dios dice, “Os tomaré para mí por pueblo y seré para vosotros por Dios…” Cuando Dios le dio a Moisés y al pueblo de Israel las instrucciones para la consagración de los sacerdotes, Él dice, “Y habitaré en medio de los hijos de Israel, y seré su Dios.” (Éxodo 29:45). En Levítico 26:12, vemos que una de las bendiciones por la obediencia a la Ley es “y andaré en medio de vosotros, y seré a vosotros por Dios, y vosotros me seréis por pueblo.” Cuando Jeremías recibió la visión de los higos en el capítulo 24, Dios dice sobre los exiliados de Judá, “Les daré un corazón para que me conozcan, y sepan que Yo soy YHVH, y ellos serán mi pueblo y Yo seré su Dios, porque se volverán a mí de todo corazón.” (Jeremías 24:7). En Jeremías 30, Dios habla sobre la restauración de Israel, y en el versículo 22 dice, “Entonces me seréis por pueblo, y Yu seré vuestro Dios.” Palabras similares son repetidas en Jeremías 31:1. Dios luego habla a través de Jeremías sobre el Nuevo Pacto:

“He aquí vienen días, dice YHVH, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con vuestros padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto, pues ellos invalidaron mi pacto, aunque fui Yo un marido para ellos, dice YHVH. Pero éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice YHVH: Daré mi Ley en su mente y la escribiré en su corazón, y Yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.”
(Jeremías 31:31-33)

Otra vez Dios promete que Él recogería a Israel del exilio, y dice en Jeremías 32:38-39, “y ellos serán mi pueblo, y Yo seré su Dios, y les daré un solo corazón y un solo camino, para que me teman todos los días, en bien suyo y de sus hijos después de ellos.” El profeta Ezequiel habla de parte de Dios sobre lo mismo, traer a Israel de vuelta del exilio a su tierra. Dios dice, “Y les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo, y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne, para que anden en mis ordenanzas, y guarden mis decretos y los cumplan, y me sean por pueblo, y Yo les sea por Dios.” (Ezequiel 11:19-20). En Ezequiel 34, Dios habla sobre los falsos pastores, y dice que Él pondrá a David por príncipe sobre Israel. Por David, por supuesto, se refiere a Jesús. En el versículo 24, Dios dice, “Y Yo, YHVH, les seré por Dios, y mi siervo David por príncipe entre ellas. Yo, YHVH, he hablado.” Dios de nuevo promete a Israel que regresarían del exilio a su tierra; otra vez dice la frase “…y vosotros me seréis por pueblo, y Yo seré a vosotros por Dios.” (Ezequiel 36:28). Él dice esto de nuevo en el capítulo 37, los versículos 23 y 27. Hallamos esto también en Zacarías 8:8.

En el Nuevo Testamento, el Apóstol Pablo le dice a los corintios que nosotros somos el templo del Dios viviente, y él cita a la Ley y a los profetas en 2 Corintios 6:16, “Habitaré entre ellos y entre ellos andaré; Y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.” El autor de la epístola a los Hebreos cita a Jeremías 31, y repite las palabras “Y les seré por Dios, y ellos me serán por pueblo.” en Hebreos 8:10. En el libro del Apocalipsis, esta frase a parece en dos instancias. En la primera, el Apóstol Juan escribe, “Y oí una gran voz procedente del trono que decía: ‘He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y morará con ellos, y ellos serán pueblos suyos, y Dios mismo estará con ellos.” (Apocalipsis 21:3). Luego Dios le habla a Juan desde el trono, y le dice, “El que venza heredará estas cosas y le seré por Dios, y él me será por hijo.” (Apocalipsis 21:7).

¿Por qué vimos todos estos versículos donde Dios promete ser Dios a su pueblo? Para dar algo de perspectiva de lo  que estamos hablando aquí: ésta es la principal y mayor promesa de Dios a su pueblo. ¿Qué regalo nos puede dar Dios que sea más grande que Dios mismo? Hubiera sido sublime gracia si Dios simplemente nos hubiera librado del castigo del infierno, y nos hubiera puesto en un lugar donde no sufriríamos eternamente. Dios escogió en vez entregarnos lo más grande en existencia, Él mismo.

Nótese el contexto en que esta promesa es hecha. Vemos esta promesa en el contexto del pacto. En las Escrituras, Dios siempre ha tratado con el hombre por medio de pactos. Vemos que es el galardón por obedecer la Ley que, por supuesto, el hombre no puede hacer por su pecado. Pablo enseña que la Ley funcionaba como lo hace hoy, como un tutor (Gálatas 3:24) para enseñar al hombre que no puede obtener la salvación por sus obras. Esto significa que la Ley nunca tuvo la intención de salvar a nadie, sino para que el hombre mire fuera de sí y mire al Mesías prometido, y la Ley aún hace esto hoy y por eso es que predicamos la Ley para que el hombre pueda ver sus necesidad y crea el Evangelio. ¿Por qué es importante, sin embargo, ver el contexto del pacto detrás de la promesa de Dios? Por cómo Dios la ha cumplido. En el pacto de obras, Dios hizo esta promesa a Adán con la condición de obediencia perfecta; Adán falló. Luego, Dios prometió a Abraham que todas las naciones de la tierra serían benditas a través de su simiente, Jesús; esto lo sabemos del Nuevo Testamento, especialmente Gálatas. Jesús, el segundo Adán, vino a guardar el pacto de obras que el primer Adán rompió, para que el pueblo de Dios recibiera gracia a través de su muerte en la cruz. Los impíos aún tienen en ellos el pecado del primer Adán. El pueblo de Dios recibe la justicia del segundo Adán por fe. Es a través de esta misma fe que Abraham recibió las promesas de Dios. Estas mismas promesas las recibimos en Cristo, y por eso Pablo puede decir que si nosotros somos de Cristo, entonces somos la simiente de Abraham, herederos según la promesa (Gálatas 3:29). El hecho de que esta promesa es repetida a través de toda la Escritura hace clara la unidad de la Escritura en el despliegue del pacto de gracia a través de la historia de la redención. En una instancia, la promesa es reexpresada durante la entrega de las instrucciones para la consagración de los sacerdotes en Levítico. Dios moraría entre su pueblo por la intercesión de los sacerdotes. Nosotros tenemos un Sacerdote más grande, nuestro Sumo Sacerdote Jesucristo. Él ha hecho el sacrificio perfecto, resucitó de entre los muertos, y ascendió a los cielos donde intercede por todo su pueblo. Por su intercesión, no hay necesidad de sacerdotes terrenales para que Dios habite entre su pueblo.

Vemos detrás de la promesa y el pacto los conceptos de redención y restauración, como vemos en la reafirmación de la promesa cuando Dios redimió a Israel de la esclavitud, y cuando Dios prometió a aquellos que estaban en el exilio que regresarían a su tierra. Del mismo modo, en Cristo nosotros hemos sido redimidos de Satanás, del pecado, y de la muerte. Él ha restaurado nuestra relación original con Dios, pues Cristo nuestro Mediador nos ha reconciliado con Dios (Romanos 5:10; 1 Timoteo 2:5). Él también nos reconcilió unos con otros. Por la muerte de Cristo, la pared de separación entre judíos y gentiles fue derribada para crear en Él mismo, de los dos, un solo nuevo hombre, haciendo la paz (Efesios 2:11-22). La intención de Dios es clara, el ser Dios a un pueblo particular haciéndolo suyo por medio de la redención. Este pueblo particular es la Iglesia. Vemos también el concepto de regeneración en lugares como Ezequiel 36 y 37. Estuvimos muertos en pecado, éramos un valle de huesos secos, y Dios nos dio vida nueva en Jesucristo.

Esta promesa es escatológica en su naturaleza. Somos el pueblo de Dios y le servimos como a nuestro Dios. Con todo, aún no hemos sido glorificados. Dios mora en nosotros en la Persona del Espíritu Santo, y nosotros somos el templo de Dios, pero vendrá un tiempo en que toda la creación lo verá en su plenitud. Por eso es que la creación espera ansiosamente la revelación de los hijos de Dios, y nosotros esperamos la redención de nuestros cuerpos (Romanos 8:18-25). Aún batallamos contra el pecado en nuestra carne, pero cuando Jesús vuelva, nuestros cuerpos serán transformados y no habrá más pecado. El resto de la creación será inundado por el fuego, el fuego de purificación y de juicio, por el cual los impíos perecerán. Habrá una nueva creación donde no habrá más pecado. Dios morará entre su pueblo y nosotros le adoraremos eternamente. Podremos perfectamente glorificar y gozar de Dios para siempre, que es el fin principal del hombre, porque el pecado no molestará nuestras vidas nunca más. Recordemos lo que Juan vio en Apocalipsis 21. Él vio la nueva creación y la nueva Jerusalén, y escribió, “Y no vi en ella santuario, porque el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero, es el santuario de ella.” (v.22). El último y perfecto templo no es un edificio, es Dios mismo. La promesa de Dios es ésta: Dios y su pueblo habitando en perfecta comunión por la eternidad. Geerhardus Vos en su ‘Teología Bíblica’ dice esto sobre Abraham y la promesa: “Es enfatizado en la narrativa que la bienaventuranza suprema del patriarca consistió en la posesión de Dios mismo: ‘No temas, Abraham, Yo mismo soy tu escudo y gran galardón’ [Gen. 15:1]. Por este tesoro él podría alegremente renunciar a todos los otros dones.” ¿Puedes pensar en alguna posesión que sea mayor que Dios mismo? Quiero señalar que no solamente hemos sido escogidos por Dios para ser su pueblo, sino también para ser sus hijos. Hemos sido adoptados como hijos de Dios por la obra de Cristo, y Él promete que el que venza será su hijo, según Apocalipsis 21:7. Yo solamente he rascado la superficie. Les invito a que busquen estos textos por ustedes mismos, y vean la simplicidad y profundidad de esta verdad.

David escribió en el Salmo 27:4, “Una cosa he demandado a YHVH, ésta buscaré: que esté yo en la Casa de YHVH todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de YHVH, e inquirir en su templo.” Lo primero que vemos es que hay una cosa que David le pide a Dios y que quiere buscar. Seguramente, David ha pedido en oración muchas cosas en su vida, como protección de sus enemigos, el perdón de sus pecados, provisión, entre otras cosas. Con todo, su enfoque principal no está en esta vida terrenal. Su enfoque está en aquello que él le ha pedido a YHVH, habitar en la casa de Dios. El enfoque del salmista está en la eternidad. ¿Por qué quiere David estar en la casa de Dios? Porque Dios está allí. Dios es la razón por la cual él quiere habitar en la casa de Dios. David está pidiendo que la promesa de Dios se cumpla en él. Dios no puede mentir, y si estás en Cristo, tú eres heredero de la promesa. Si estás en Cristo, tú eres la posesión de Dios, y Dios es tu posesión por toda la eternidad.

El Rey de todas las naciones

El Salmo 2 es una canción sobe el decreto de Dios en darle un Reino al Mesías, su dominio sobre las naciones, y su ira contra la rebelión. Los primeros tres versículos me recuerdan de la situación actual del mundo, especialmente América y Europa, cómo las naciones no quieren nada que ver con Dios gobernando sobre ellos. La agenda LGBT, el aborto, las escuelas públicas enseñandoles a los niños que el socialismo es estupendo, la falta de autocontrol está bien, la evolución es un hecho, y el cristianismo es malo, son manifestaciones de la rebelión de las naciones. ¿Qué tiene Dios que decir sobre esto? Veamos lo que Dios dice mirando a través de los diferentes segmentos de este Salmo.

¿Para qué se sublevan las naciones,
y los pueblos traman cosas vanas?
Se alzarán los reyes de la tierra,
y con sus príncipes consultarán unidos,
contra YHVH y contra su Ungido, diciendo:
“¡Rompamos sus ligaduras
y echemos de nosotros sus cuerdas!” (vv. 1-3)

Este Salmo comienza con la pregunta de por qué las naciones se sublevan y traman contra Dios en vano. Esta pregunta tiene el propósito de ridiculizar las naciones rebeldes, para señalar que  la sublevación y la conspiración de las naciones contra Dios es todo para nada. Los reyes y príncipes podrán alzarse contra Dios y su Ungido (esto es, Mesías, Cristo), pero nunca tendrán éxito. Estos reyes saben que están sujetos a Dios y a Cristo, y quieren ser “libres” de su dominio, pero nunca lo serán.

El que se sienta en los cielos se sonreirá,
el Señor se burlará de ellos.
Luego les hablará en su ardiente ira,
los aterrorizará en su indignación.
“Yo mismo he ungido a mi Rey
sobre Sión, mi santo monte.” (vv. 4-6)

Dios responde a la rebelión de las naciones con burla, y señalando al Mesías como su Rey. También hay una imagen de juicio aquí cuando dice que “les hablará en su ardiente ira…” Luego Dios dice, “Yo mismo he ungido a mi Rey sobre Sión, mi santo monte.” El Mesías ha recibido el Reino de Dios el Padre. ¿Cuándo recibió Cristo este Reino? Luego de su resurrección. “Toda potestad me ha sido dada en el cielo y en la tierra.” (Mateo 28:18). Yo tomo estas palabras de Jesús literalmente. Jesús tiene toda potestad, no un poco aquí pero no allá. Toda potestad le ha sido dada a Jesús. Pablo menciona en Hechos 17:31 que Dios “ha establecido un día en el cual va a juzgar a la humanidad con justicia, por medio del Varón que designó, presentando a todos garantía de ello cuando lo resucitó de entre los muertos.” La resurrección de Cristo es nuestra garantía de que nuestros pecados han sido perdonados, pero también es una garantía de que Él es quien fue designado para juzgar al mundo. ¿Cómo ocurrirá este juicio? Jesús lo pone en términos simples: “Y cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con Él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de Él todas las naciones, y los apartará unos de otros como el pastor separa las ovejas de las cabras.” (Mateo 25:31-32). En el resto del pasaje, Él describe cómo aquello a su derecha son llamados justos y son bienvenidos a la vida eterna, y aquellos a su izquierda son llamados malditos y echados al castigo eterno (vea Mateo 25:31-46). La escatología de la Biblia es más simple de lo que a veces nosotros la hacemos parecer. Vamos al próximo segmento:

Yo promulgaré el decreto:
YHVH me ha dicho: “Mi hijo eres Tú,
Yo te he engendrado hoy.
¡Pídeme!, y te daré por herencia las naciones,
y como posesión tuya los confines de la tierrs.
Los quebrantarás con cetro de hierro,
los desmenuzarás como vasija de alfarero.” (vv. 7-9)

Claramente la voz que habla aquí es la voz de Cristo. Cristo está hablando sobre lo que el Padre le dijo en la eternidad que Él haría en el tiempo. Dios planeó la redención en la eternidad pasada, y Él lo cumpliría a través del Hijo encarnado. Luego que el Hijo hiciera su obra, Él heredaría las naciones. Las naciones conspiran contra Dios, pero todo es en vano, porque Dios le ha dado a su Ungido el Reino, y Él vendrá a juzgarlas. Ninguna nación, ningún ejército, ningún individuo puede frustrar los planes de Dios. Él reina sobre ellos con autoridad, con la fuerza de su cetro de hierro. Las naciones con todos sus ejércitos serán desmenuzadas porque son frágiles comparadas con el cetro de hierro del Mesías.

Ahora, pues, oh reyes, actuad sabiamente.
Admitid amonestación, jueces de la tierra:
Servid a YHVH con temos,
y regocijaos con temblor.
¡Besad los pies al Hijo!
No sea que se irrite y perezcáis en el camino,
pues de repente se inflama su ira.
¡Cuán bienaventurados son todos los que se refugian en Él! (vv. 10-12)

Los reyes, jueces, y gobernantes de la tierra son advertidos a ser sabios y a temer a Dios, servirle y regocijarse con temor y temblor. Ellos deben darle a Dios y al Mesías lo que merecen porque Él es soberano sobre todo. Les es dicho que besen los pies al Hijo. El besar los pies o las manos es una señal de reverencia que se le da a un rey. Aquí les es dicho que le den reverencia al Hijo porque el día de su juicio e ira viene pronto, y ellos deben humillarse antes que se les haga tarde. Luego hay una bendición divina para aquellos que se refugian en el Hijo. Este mismo Mesías quien es Rey sobre todas las naciones es el refugio de quienes tienen fe en Él. No tenemos nada que temer si Jesús es nuestro refugio. Ya no somos condenados si estamos en Cristo, y por tanto no tenemos ni siquiera que temerle a la muerte ni al juicio porque tenemos la justicia de Cristo por fe. Esto debe hacer que nos regocijemos, y que alabemos y sirvamos a Dios, glorificándole y obedeciendo sus mandamientos. Las naciones podrán rechazar a Dios y a su pueblo, pero Él se ríe de ellos, y les advierte sobre el juicio que está por venir; mientras tanto, Él es también el refugio de su pueblo.