El Rey de todas las naciones

El Salmo 2 es una canción sobe el decreto de Dios en darle un Reino al Mesías, su dominio sobre las naciones, y su ira contra la rebelión. Los primeros tres versículos me recuerdan de la situación actual del mundo, especialmente América y Europa, cómo las naciones no quieren nada que ver con Dios gobernando sobre ellos. La agenda LGBT, el aborto, las escuelas públicas enseñandoles a los niños que el socialismo es estupendo, la falta de autocontrol está bien, la evolución es un hecho, y el cristianismo es malo, son manifestaciones de la rebelión de las naciones. ¿Qué tiene Dios que decir sobre esto? Veamos lo que Dios dice mirando a través de los diferentes segmentos de este Salmo.

¿Para qué se sublevan las naciones,
y los pueblos traman cosas vanas?
Se alzarán los reyes de la tierra,
y con sus príncipes consultarán unidos,
contra YHVH y contra su Ungido, diciendo:
“¡Rompamos sus ligaduras
y echemos de nosotros sus cuerdas!” (vv. 1-3)

Este Salmo comienza con la pregunta de por qué las naciones se sublevan y traman contra Dios en vano. Esta pregunta tiene el propósito de ridiculizar las naciones rebeldes, para señalar que  la sublevación y la conspiración de las naciones contra Dios es todo para nada. Los reyes y príncipes podrán alzarse contra Dios y su Ungido (esto es, Mesías, Cristo), pero nunca tendrán éxito. Estos reyes saben que están sujetos a Dios y a Cristo, y quieren ser “libres” de su dominio, pero nunca lo serán.

El que se sienta en los cielos se sonreirá,
el Señor se burlará de ellos.
Luego les hablará en su ardiente ira,
los aterrorizará en su indignación.
“Yo mismo he ungido a mi Rey
sobre Sión, mi santo monte.” (vv. 4-6)

Dios responde a la rebelión de las naciones con burla, y señalando al Mesías como su Rey. También hay una imagen de juicio aquí cuando dice que “les hablará en su ardiente ira…” Luego Dios dice, “Yo mismo he ungido a mi Rey sobre Sión, mi santo monte.” El Mesías ha recibido el Reino de Dios el Padre. ¿Cuándo recibió Cristo este Reino? Luego de su resurrección. “Toda potestad me ha sido dada en el cielo y en la tierra.” (Mateo 28:18). Yo tomo estas palabras de Jesús literalmente. Jesús tiene toda potestad, no un poco aquí pero no allá. Toda potestad le ha sido dada a Jesús. Pablo menciona en Hechos 17:31 que Dios “ha establecido un día en el cual va a juzgar a la humanidad con justicia, por medio del Varón que designó, presentando a todos garantía de ello cuando lo resucitó de entre los muertos.” La resurrección de Cristo es nuestra garantía de que nuestros pecados han sido perdonados, pero también es una garantía de que Él es quien fue designado para juzgar al mundo. ¿Cómo ocurrirá este juicio? Jesús lo pone en términos simples: “Y cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con Él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de Él todas las naciones, y los apartará unos de otros como el pastor separa las ovejas de las cabras.” (Mateo 25:31-32). En el resto del pasaje, Él describe cómo aquello a su derecha son llamados justos y son bienvenidos a la vida eterna, y aquellos a su izquierda son llamados malditos y echados al castigo eterno (vea Mateo 25:31-46). La escatología de la Biblia es más simple de lo que a veces nosotros la hacemos parecer. Vamos al próximo segmento:

Yo promulgaré el decreto:
YHVH me ha dicho: “Mi hijo eres Tú,
Yo te he engendrado hoy.
¡Pídeme!, y te daré por herencia las naciones,
y como posesión tuya los confines de la tierrs.
Los quebrantarás con cetro de hierro,
los desmenuzarás como vasija de alfarero.” (vv. 7-9)

Claramente la voz que habla aquí es la voz de Cristo. Cristo está hablando sobre lo que el Padre le dijo en la eternidad que Él haría en el tiempo. Dios planeó la redención en la eternidad pasada, y Él lo cumpliría a través del Hijo encarnado. Luego que el Hijo hiciera su obra, Él heredaría las naciones. Las naciones conspiran contra Dios, pero todo es en vano, porque Dios le ha dado a su Ungido el Reino, y Él vendrá a juzgarlas. Ninguna nación, ningún ejército, ningún individuo puede frustrar los planes de Dios. Él reina sobre ellos con autoridad, con la fuerza de su cetro de hierro. Las naciones con todos sus ejércitos serán desmenuzadas porque son frágiles comparadas con el cetro de hierro del Mesías.

Ahora, pues, oh reyes, actuad sabiamente.
Admitid amonestación, jueces de la tierra:
Servid a YHVH con temos,
y regocijaos con temblor.
¡Besad los pies al Hijo!
No sea que se irrite y perezcáis en el camino,
pues de repente se inflama su ira.
¡Cuán bienaventurados son todos los que se refugian en Él! (vv. 10-12)

Los reyes, jueces, y gobernantes de la tierra son advertidos a ser sabios y a temer a Dios, servirle y regocijarse con temor y temblor. Ellos deben darle a Dios y al Mesías lo que merecen porque Él es soberano sobre todo. Les es dicho que besen los pies al Hijo. El besar los pies o las manos es una señal de reverencia que se le da a un rey. Aquí les es dicho que le den reverencia al Hijo porque el día de su juicio e ira viene pronto, y ellos deben humillarse antes que se les haga tarde. Luego hay una bendición divina para aquellos que se refugian en el Hijo. Este mismo Mesías quien es Rey sobre todas las naciones es el refugio de quienes tienen fe en Él. No tenemos nada que temer si Jesús es nuestro refugio. Ya no somos condenados si estamos en Cristo, y por tanto no tenemos ni siquiera que temerle a la muerte ni al juicio porque tenemos la justicia de Cristo por fe. Esto debe hacer que nos regocijemos, y que alabemos y sirvamos a Dios, glorificándole y obedeciendo sus mandamientos. Las naciones podrán rechazar a Dios y a su pueblo, pero Él se ríe de ellos, y les advierte sobre el juicio que está por venir; mientras tanto, Él es también el refugio de su pueblo.

Verdadera comida y verdadera bebida

Luego de redimir a Israel de la esclavitud, Dios los alimentó con maná. Dios los probó, ellos pecaron contra Dios en diferentes ocasiones, e incluso llegaron a rechazar el maná porque estaban cansados de él. En Deuteronomio, Moisés le dice a Israel que “te afligió y te dejó padecer hambre, para sustentarte con el maná que no conocías, ni tus padres habían conocido, para hacerte saber que no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vivirá de todo lo que sale de la boca de YHVH.” (Deuteronomio 8:3). El pueblo de Israel tenía una necesidad mayor que la necesidad de comida o bebida. Dios los dejó padecer hambre para que pudieran entender cuál era su verdadera necesidad, y Dios los alimentó con el maná para que ellos entendieran que es Dios quien provee a través de su Palabra para aquella necesidad. ¿Qué clase de necesidad? La clave está en el maná mismo. El maná apunta a algo mayor. Sabemos esto del Nuevo Testamento.

Vamos a Juan 6 y encontramos el milagro de la alimentación de los cinco mil. La gente comió los panes y los peces que Jesús había multiplicado, y ellos querían tomarlo por la fuerza para hacerlo rey. Ellos vieron a Jesús como un rey que se aseguraría de que sus estómagos estuviesen siempre llenos. Ellos no querían a Jesús por quien Él es, ni siquiera por lo que Él hizo; lo querían por la comida. Jesús, quien conoce el corazón de los hombres, supo que éste era el caso. “Les respondió Jesús y dijo: ‘De cierto, de cierto os digo: Me buscáis, no porque visteis señales, sino porque comisteis de los panes y os saciasteis.'” (v.26). Jesús continúa: “¡Trabajad!, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a Éste selló Dios el Padre.” (v. 27). Jesús les recuerda a los judíos que estaban allí que su verdadera necesidad no era de comida física, sino vida eterna que sólo el Hijo del Hombre puede dar porque sólo Él ha sido sellado por el Padre para este propósito.

Los judíos pidieron una señal, probablemente esperando algo comparable al maná, pues esto es lo que dicen después: “Nuestros padres comieron el maná en el desierto.” (v. 31). Jesús les dice que “no os ha dado Moisés el pan del cielo, sino mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que desciende del cielo y da vida al mundo.” (v. 32-33). La gente que le estaba siguiendo quería pan para llenar sus estómagos, pero Jesús les dijo que ellos necesitaban el pan de vida para llenar sus almas. “¡Yo soy el pan de la vida; el que a mí viene nunca tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás!” (v. 35). En Jesús encontramos la verdadera satisfacción para nuestro hambre y sed. Ahora la pregunta es ésta: ¿Hambre y sed de qué? Jesús dice, “De cierto, de cierto os digo: A menos que comáis la carne del Hijo del Hombre y bebáis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que mastica mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y Yo lo resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida.” (vv. 53-55; énfasis añadido). ¿Qué significa comer su carne y beber su sangre?

Jesús vino al mundo como hombre, como el Segundo Adán, para cumplir el pacto de obras que el primer Adán falló en guardar. Jesús vino a cumplir toda justicia como nuestro representante, que su sacrificio fuera aceptado por Dios el Padre, y que la justicia que Él ha obtenido por nosotros sea nuestra por fe. En esa cruz, “Al que no conoció pecado, por nosotros [Dios el Padre] lo hizo pecado, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en Él.” (2 Corintios 5:21). Esto es importante para nosotros entender lo que significa comer su carne y beber su sangre. Cuando comemos o bebemos algo, nuestro sistema digestivo absorbe los nutrientes que nuestro cuerpo necesita para funcionar. Comer la carne de Jesús y beber su sangre es comer y beber justicia y vida eterna: justicia porque Él la ha obtenido a nuestro favor guardando la Ley que Adán y sus descendientes rompieron; y vida eterna porque Él es la resurrección y la vida (vea Juan 11:25-26), y porque luego de haber sido crucificado, muerto y sepultado, resucitó de entre los muertos, y el seguramente regresará para resucitar a su pueblo de entre los muertos a la bendición eterna. Esto es lo que recibimos en su carne y sangre. ¿Cómo recibimos esta justicia y vida eterna? Por gracia, por medio de la fe (vea Efesios 2:8-9). Mencioné en mi primer artículo que la fe descansa en la unión con Cristo. Cristo mismo presenta esta imagen cuando dice que “El que mastica mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y Yo en él. Como me envió el Padre viviente, y Yo vivo del Padre, de igual modo el que me mastica, también él vivirá de mí.” (Juan 6:56-57). Solamente a través de la fe es que recibimos a Cristo y todos sus beneficios, y es cómo somos unidos a Cristo. Si creemos en Cristo, permanecemos en Él, y Él en nosotros.

Esa es la misma imagen que presenta el sacramento de la Cena del Señor, pues el pan es llamado el cuerpo de Cristo y el vino es llamado la sangre de Cristo. La Cena del Señor, sin embargo, es más que una imagen. Nosotros verdaderamente recibimos la carne y la sangre de Jesús, pero es a través de la fe, no por los elementos del pan y el vino. Como dice el Artículo 35 de la Confesión Belga:

…no erramos cuando decimos que lo que es comido y bebido por nosotros es el propio y natural cuerpo y la propia sangre de Cristo. Pero la manera en que participamos de los mismos no es por la boca, sino por el Espíritu a través de la fe. […] Este banquete es una mesa espiritual en la cual Cristo se nos comunica a sí mismo con todos sus beneficios, y nos da en ella a gustar tanto a sí mismo y los méritos de sus sufrimientos y muerte, alimentando, fortaleciendo, y consolando nuestras pobres almas por el comer de su carne, vivificándolas y refrescándolas por el beber de su sangre.

En otras palabras, cada vez que participamos en la Cena del Señor, nosotros estamos siendo reasegurados por Cristo a través del Espíritu Santo de todas las promesas del Evangelio, y estas promesas nos están siendo presentadas y dadas de nuevo. En este sacramento confesamos nuestra unión con Cristo y, en un sentido, renovamos nuestros votos; y el Espíritu Santo nos predica el Evangelio y sus promesas a través de los sentidos de la visión, tacto, olfato, y gusto, mientras tomamos del pan y el vino. Por esto no podemos tomar la Cena del Señor ligeramente. Recuerda esto cada vez que participas de este sacramento. En él no sólo recibimos pan y vino, recibimos y gustamos espiritualmente a Cristo y los méritos de sus sufrimientos y muerte. Este sacramento no es meramente un símbolo, y tampoco es algún tipo de magia. Cuando reducimos la Cena del Señor a un mero símbolo, y cuando confundimos la señal con la cosa señalada, perdemos de vista lo que Dios está haciendo por su pueblo a través del sacramento.

Ciertamente, Cristo es verdadera comida y verdadera bebida. En el Sermón del Monte, Jesús dice estas palabras: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.” (Mateo 5:6). Hoy, mucha gente rechaza el verdadero maná, el pan de vida, Jesucristo. Eso es porque no tienen hambre ni sed de justicia. Ellos están engañados creyendo que no necesitan esta justicia. Todos estuvimos alguna vez en esta condición. Estábamos vacíos de justicia y llenos de pecado, pero el Espíritu Santo vino a través de la Palabra y nos mostró nuestra necesidad. Como Dios dejó al pueblo de Israel padecer hambre en el desierto y los alimentó con maná, así hizo con nosotros. Dios nos hizo conscientes de nuestro pecado, y nos dio un hambre y sed de justicia. No sólo hizo eso, sino que además proveyó lo que necesitábamos para satisfacer nuestra hambre y sed: nos dio a Cristo quien es nuestra justicia, y comimos su carne y bebimos su sangre.

No por ley, sino por gracia solamente

Gálatas 2:19b-21 [BTX]: “Con Cristo he sido juntamente crucificado, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, quien me amó, y se entregó a sí mismo por mí. No rechazo la gracia de Dios, porque si por la ley fuera la justicia, entonces en vano murió Cristo.”

Pablo dice que él ha sido crucificado con Cristo. Esta frase en el griego es Χριστῷ συνεσταύρωμαι. Esta frase literalmente lee “Cristo con-crucificado [he sido]”. Esto es lo que Pablo está enfatizando: la verdadera fe descansa en la unión con Cristo. Debemos tener cuidado cuando usamos esta palabra fe, pues es una palabra que ha sido redefinida por el mundo, y a veces nosotros usamos la definición de fe del mundo como si fuera verdad. Una fe que no descansa en la unión con Cristo es una falsa fe, un salto ciego al abismo.

Pablo dice aquí en su carta a los gálatas que la fe nos une con Cristo en su muerte en la cruz y su resurrección. Cuando él dice “Con Cristo he sido juntamente crucificado”, él habla una verdad profunda. Si estamos unidos con Cristo, hemos muerto. Hemos crucificado nuestra vieja naturaleza. Nuestra vieja naturaleza ha sido sepultada con Cristo. Ahora somos renacidos con Cristo por su resurrección, y resucitaremos de entre los muertos en el día final, a la final trompeta. Hemos renacido, pero nuestra vieja naturaleza está aún muerta y sepultada, por lo cual Pablo puede decir “y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, quien me amó, y se entregó a sí mismo por mí.” Pablo no solamente puede decir que su vieja naturaleza murió con Cristo y que él tiene nueva vida en completa unión con Cristo, sino también puede decir con toda confianza que el Hijo de Dios lo amó y se entregó a sí mismo por él.

El amor de Cristo es usualmente malentendido en muchas iglesias y en el mundo. Muchas personas piensan en el amor de Cristo como genérico e hipotético. El amor de Cristo es personal y actual, es un amor particular por aquellos por quienes Él murió. Cristo no murió por una masa hipotética de gente. No es como si Cristo hubiera hecho el 99% de la obra esperando que la gente haga el restante 1%. Si ese fuera el caso, no tenemos esperanza. Cuando nuestro Gran Sumo Sacerdote murió en esa cruz, Él tenía los nombres de todos y cada uno de sus escogidos en su mente y corazón, así como el sumo sacerdote en el Antiguo Pacto tenía los nombres de las doce tribus de Israel en sus hombros y en su pectoral. Nuestro Gran Sumo Sacerdote conoce los nombres de todo su pueblo, y Él intercede por ellos ante el Padre.

El Apóstol continúa, “No rechazo la gracia de Dios, porque si por la ley fuera la justicia, entonces en vano murió Cristo.” En otras palabras, Pablo dice “No rechazo la gracia de Dios porque mi justificación no depende de mis obras. Si lo fuera, entonces el sacrificio expiatorio de Cristo es vano, y eso rechaza la gracia de Dios.” Si la justificación fuera por obras, no sería por gracia, porque entonces sería como un premio o salario, como en el ejemplo de Romanos 4: que “al que obra, no se le cuenta el salario como gracia sino como deuda, pero al que no obra, sino que cree en el que declara justo al impío, su fe le es contada como justicia.” (Romanos 4:4-5). Si yo puedo ganar mi salvación por mis obras, entonces no hay razón en absoluto para la muerte de Cristo, pues sería absolutamente innecesaria. De nuevo, Cristo no estaba haciendo el 99% de la obra esperando que nosotros hagamos el restante 1%. O Cristo lo hizo todo, o no hizo nada, porque Dios nunca hace una obra incompleta o imperfecta. Nuestra salvación no depende de nuestra propia justicia sino en la justicia de Cristo que recibimos por gracia solamente, por medio de la fe solamente.

Cristo dijo en el Sermón del Monte “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.” (Mateo 5:3). Aquellos de nosotros que hemos sido salvos hemos reconocido que no tenemos absolutamente ninguna justicia propia con la cual entrar al Reino de Dios. Tenemos también este consuelo: Jesucristo ha obtenido esa justicia, y es nuestra por fe. La salvación es del Señor (Jonás 2:9). ¿Quién puede frustrar el perfecto plan de Dios? Nadie. “El que se gloría, gloríese en el Señor.” (1 Corintios 1:31).