No por ley, sino por gracia solamente

Gálatas 2:19b-21 [BTX]: “Con Cristo he sido juntamente crucificado, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, quien me amó, y se entregó a sí mismo por mí. No rechazo la gracia de Dios, porque si por la ley fuera la justicia, entonces en vano murió Cristo.”

Pablo dice que él ha sido crucificado con Cristo. Esta frase en el griego es Χριστῷ συνεσταύρωμαι. Esta frase literalmente lee “Cristo con-crucificado [he sido]”. Esto es lo que Pablo está enfatizando: la verdadera fe descansa en la unión con Cristo. Debemos tener cuidado cuando usamos esta palabra fe, pues es una palabra que ha sido redefinida por el mundo, y a veces nosotros usamos la definición de fe del mundo como si fuera verdad. Una fe que no descansa en la unión con Cristo es una falsa fe, un salto ciego al abismo.

Pablo dice aquí en su carta a los gálatas que la fe nos une con Cristo en su muerte en la cruz y su resurrección. Cuando él dice “Con Cristo he sido juntamente crucificado”, él habla una verdad profunda. Si estamos unidos con Cristo, hemos muerto. Hemos crucificado nuestra vieja naturaleza. Nuestra vieja naturaleza ha sido sepultada con Cristo. Ahora somos renacidos con Cristo por su resurrección, y resucitaremos de entre los muertos en el día final, a la final trompeta. Hemos renacido, pero nuestra vieja naturaleza está aún muerta y sepultada, por lo cual Pablo puede decir “y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, quien me amó, y se entregó a sí mismo por mí.” Pablo no solamente puede decir que su vieja naturaleza murió con Cristo y que él tiene nueva vida en completa unión con Cristo, sino también puede decir con toda confianza que el Hijo de Dios lo amó y se entregó a sí mismo por él.

El amor de Cristo es usualmente malentendido en muchas iglesias y en el mundo. Muchas personas piensan en el amor de Cristo como genérico e hipotético. El amor de Cristo es personal y actual, es un amor particular por aquellos por quienes Él murió. Cristo no murió por una masa hipotética de gente. No es como si Cristo hubiera hecho el 99% de la obra esperando que la gente haga el restante 1%. Si ese fuera el caso, no tenemos esperanza. Cuando nuestro Gran Sumo Sacerdote murió en esa cruz, Él tenía los nombres de todos y cada uno de sus escogidos en su mente y corazón, así como el sumo sacerdote en el Antiguo Pacto tenía los nombres de las doce tribus de Israel en sus hombros y en su pectoral. Nuestro Gran Sumo Sacerdote conoce los nombres de todo su pueblo, y Él intercede por ellos ante el Padre.

El Apóstol continúa, “No rechazo la gracia de Dios, porque si por la ley fuera la justicia, entonces en vano murió Cristo.” En otras palabras, Pablo dice “No rechazo la gracia de Dios porque mi justificación no depende de mis obras. Si lo fuera, entonces el sacrificio expiatorio de Cristo es vano, y eso rechaza la gracia de Dios.” Si la justificación fuera por obras, no sería por gracia, porque entonces sería como un premio o salario, como en el ejemplo de Romanos 4: que “al que obra, no se le cuenta el salario como gracia sino como deuda, pero al que no obra, sino que cree en el que declara justo al impío, su fe le es contada como justicia.” (Romanos 4:4-5). Si yo puedo ganar mi salvación por mis obras, entonces no hay razón en absoluto para la muerte de Cristo, pues sería absolutamente innecesaria. De nuevo, Cristo no estaba haciendo el 99% de la obra esperando que nosotros hagamos el restante 1%. O Cristo lo hizo todo, o no hizo nada, porque Dios nunca hace una obra incompleta o imperfecta. Nuestra salvación no depende de nuestra propia justicia sino en la justicia de Cristo que recibimos por gracia solamente, por medio de la fe solamente.

Cristo dijo en el Sermón del Monte “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.” (Mateo 5:3). Aquellos de nosotros que hemos sido salvos hemos reconocido que no tenemos absolutamente ninguna justicia propia con la cual entrar al Reino de Dios. Tenemos también este consuelo: Jesucristo ha obtenido esa justicia, y es nuestra por fe. La salvación es del Señor (Jonás 2:9). ¿Quién puede frustrar el perfecto plan de Dios? Nadie. “El que se gloría, gloríese en el Señor.” (1 Corintios 1:31).