La Promesa

De todas las promesas de la Escritura, hay una que sobresale del resto y es repetida a través de toda la Biblia. Cuando Dios hizo pacto con Abraham, prometió que Él sería “el Dios tuyo y el de tu descendencia después de ti.”, y de la simiente de Abraham Él dice, “seré su Dios.” (Génesis 17:7, 8). En Éxodo 6, Dios le dice a Moisés que le diga al pueblo de Israel que Él los libraría de la esclavitud, y en el versículo 7, Dios dice, “Os tomaré para mí por pueblo y seré para vosotros por Dios…” Cuando Dios le dio a Moisés y al pueblo de Israel las instrucciones para la consagración de los sacerdotes, Él dice, “Y habitaré en medio de los hijos de Israel, y seré su Dios.” (Éxodo 29:45). En Levítico 26:12, vemos que una de las bendiciones por la obediencia a la Ley es “y andaré en medio de vosotros, y seré a vosotros por Dios, y vosotros me seréis por pueblo.” Cuando Jeremías recibió la visión de los higos en el capítulo 24, Dios dice sobre los exiliados de Judá, “Les daré un corazón para que me conozcan, y sepan que Yo soy YHVH, y ellos serán mi pueblo y Yo seré su Dios, porque se volverán a mí de todo corazón.” (Jeremías 24:7). En Jeremías 30, Dios habla sobre la restauración de Israel, y en el versículo 22 dice, “Entonces me seréis por pueblo, y Yu seré vuestro Dios.” Palabras similares son repetidas en Jeremías 31:1. Dios luego habla a través de Jeremías sobre el Nuevo Pacto:

“He aquí vienen días, dice YHVH, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con vuestros padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto, pues ellos invalidaron mi pacto, aunque fui Yo un marido para ellos, dice YHVH. Pero éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice YHVH: Daré mi Ley en su mente y la escribiré en su corazón, y Yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.”
(Jeremías 31:31-33)

Otra vez Dios promete que Él recogería a Israel del exilio, y dice en Jeremías 32:38-39, “y ellos serán mi pueblo, y Yo seré su Dios, y les daré un solo corazón y un solo camino, para que me teman todos los días, en bien suyo y de sus hijos después de ellos.” El profeta Ezequiel habla de parte de Dios sobre lo mismo, traer a Israel de vuelta del exilio a su tierra. Dios dice, “Y les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo, y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne, para que anden en mis ordenanzas, y guarden mis decretos y los cumplan, y me sean por pueblo, y Yo les sea por Dios.” (Ezequiel 11:19-20). En Ezequiel 34, Dios habla sobre los falsos pastores, y dice que Él pondrá a David por príncipe sobre Israel. Por David, por supuesto, se refiere a Jesús. En el versículo 24, Dios dice, “Y Yo, YHVH, les seré por Dios, y mi siervo David por príncipe entre ellas. Yo, YHVH, he hablado.” Dios de nuevo promete a Israel que regresarían del exilio a su tierra; otra vez dice la frase “…y vosotros me seréis por pueblo, y Yo seré a vosotros por Dios.” (Ezequiel 36:28). Él dice esto de nuevo en el capítulo 37, los versículos 23 y 27. Hallamos esto también en Zacarías 8:8.

En el Nuevo Testamento, el Apóstol Pablo le dice a los corintios que nosotros somos el templo del Dios viviente, y él cita a la Ley y a los profetas en 2 Corintios 6:16, “Habitaré entre ellos y entre ellos andaré; Y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.” El autor de la epístola a los Hebreos cita a Jeremías 31, y repite las palabras “Y les seré por Dios, y ellos me serán por pueblo.” en Hebreos 8:10. En el libro del Apocalipsis, esta frase a parece en dos instancias. En la primera, el Apóstol Juan escribe, “Y oí una gran voz procedente del trono que decía: ‘He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y morará con ellos, y ellos serán pueblos suyos, y Dios mismo estará con ellos.” (Apocalipsis 21:3). Luego Dios le habla a Juan desde el trono, y le dice, “El que venza heredará estas cosas y le seré por Dios, y él me será por hijo.” (Apocalipsis 21:7).

¿Por qué vimos todos estos versículos donde Dios promete ser Dios a su pueblo? Para dar algo de perspectiva de lo  que estamos hablando aquí: ésta es la principal y mayor promesa de Dios a su pueblo. ¿Qué regalo nos puede dar Dios que sea más grande que Dios mismo? Hubiera sido sublime gracia si Dios simplemente nos hubiera librado del castigo del infierno, y nos hubiera puesto en un lugar donde no sufriríamos eternamente. Dios escogió en vez entregarnos lo más grande en existencia, Él mismo.

Nótese el contexto en que esta promesa es hecha. Vemos esta promesa en el contexto del pacto. En las Escrituras, Dios siempre ha tratado con el hombre por medio de pactos. Vemos que es el galardón por obedecer la Ley que, por supuesto, el hombre no puede hacer por su pecado. Pablo enseña que la Ley funcionaba como lo hace hoy, como un tutor (Gálatas 3:24) para enseñar al hombre que no puede obtener la salvación por sus obras. Esto significa que la Ley nunca tuvo la intención de salvar a nadie, sino para que el hombre mire fuera de sí y mire al Mesías prometido, y la Ley aún hace esto hoy y por eso es que predicamos la Ley para que el hombre pueda ver sus necesidad y crea el Evangelio. ¿Por qué es importante, sin embargo, ver el contexto del pacto detrás de la promesa de Dios? Por cómo Dios la ha cumplido. En el pacto de obras, Dios hizo esta promesa a Adán con la condición de obediencia perfecta; Adán falló. Luego, Dios prometió a Abraham que todas las naciones de la tierra serían benditas a través de su simiente, Jesús; esto lo sabemos del Nuevo Testamento, especialmente Gálatas. Jesús, el segundo Adán, vino a guardar el pacto de obras que el primer Adán rompió, para que el pueblo de Dios recibiera gracia a través de su muerte en la cruz. Los impíos aún tienen en ellos el pecado del primer Adán. El pueblo de Dios recibe la justicia del segundo Adán por fe. Es a través de esta misma fe que Abraham recibió las promesas de Dios. Estas mismas promesas las recibimos en Cristo, y por eso Pablo puede decir que si nosotros somos de Cristo, entonces somos la simiente de Abraham, herederos según la promesa (Gálatas 3:29). El hecho de que esta promesa es repetida a través de toda la Escritura hace clara la unidad de la Escritura en el despliegue del pacto de gracia a través de la historia de la redención. En una instancia, la promesa es reexpresada durante la entrega de las instrucciones para la consagración de los sacerdotes en Levítico. Dios moraría entre su pueblo por la intercesión de los sacerdotes. Nosotros tenemos un Sacerdote más grande, nuestro Sumo Sacerdote Jesucristo. Él ha hecho el sacrificio perfecto, resucitó de entre los muertos, y ascendió a los cielos donde intercede por todo su pueblo. Por su intercesión, no hay necesidad de sacerdotes terrenales para que Dios habite entre su pueblo.

Vemos detrás de la promesa y el pacto los conceptos de redención y restauración, como vemos en la reafirmación de la promesa cuando Dios redimió a Israel de la esclavitud, y cuando Dios prometió a aquellos que estaban en el exilio que regresarían a su tierra. Del mismo modo, en Cristo nosotros hemos sido redimidos de Satanás, del pecado, y de la muerte. Él ha restaurado nuestra relación original con Dios, pues Cristo nuestro Mediador nos ha reconciliado con Dios (Romanos 5:10; 1 Timoteo 2:5). Él también nos reconcilió unos con otros. Por la muerte de Cristo, la pared de separación entre judíos y gentiles fue derribada para crear en Él mismo, de los dos, un solo nuevo hombre, haciendo la paz (Efesios 2:11-22). La intención de Dios es clara, el ser Dios a un pueblo particular haciéndolo suyo por medio de la redención. Este pueblo particular es la Iglesia. Vemos también el concepto de regeneración en lugares como Ezequiel 36 y 37. Estuvimos muertos en pecado, éramos un valle de huesos secos, y Dios nos dio vida nueva en Jesucristo.

Esta promesa es escatológica en su naturaleza. Somos el pueblo de Dios y le servimos como a nuestro Dios. Con todo, aún no hemos sido glorificados. Dios mora en nosotros en la Persona del Espíritu Santo, y nosotros somos el templo de Dios, pero vendrá un tiempo en que toda la creación lo verá en su plenitud. Por eso es que la creación espera ansiosamente la revelación de los hijos de Dios, y nosotros esperamos la redención de nuestros cuerpos (Romanos 8:18-25). Aún batallamos contra el pecado en nuestra carne, pero cuando Jesús vuelva, nuestros cuerpos serán transformados y no habrá más pecado. El resto de la creación será inundado por el fuego, el fuego de purificación y de juicio, por el cual los impíos perecerán. Habrá una nueva creación donde no habrá más pecado. Dios morará entre su pueblo y nosotros le adoraremos eternamente. Podremos perfectamente glorificar y gozar de Dios para siempre, que es el fin principal del hombre, porque el pecado no molestará nuestras vidas nunca más. Recordemos lo que Juan vio en Apocalipsis 21. Él vio la nueva creación y la nueva Jerusalén, y escribió, “Y no vi en ella santuario, porque el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero, es el santuario de ella.” (v.22). El último y perfecto templo no es un edificio, es Dios mismo. La promesa de Dios es ésta: Dios y su pueblo habitando en perfecta comunión por la eternidad. Geerhardus Vos en su ‘Teología Bíblica’ dice esto sobre Abraham y la promesa: “Es enfatizado en la narrativa que la bienaventuranza suprema del patriarca consistió en la posesión de Dios mismo: ‘No temas, Abraham, Yo mismo soy tu escudo y gran galardón’ [Gen. 15:1]. Por este tesoro él podría alegremente renunciar a todos los otros dones.” ¿Puedes pensar en alguna posesión que sea mayor que Dios mismo? Quiero señalar que no solamente hemos sido escogidos por Dios para ser su pueblo, sino también para ser sus hijos. Hemos sido adoptados como hijos de Dios por la obra de Cristo, y Él promete que el que venza será su hijo, según Apocalipsis 21:7. Yo solamente he rascado la superficie. Les invito a que busquen estos textos por ustedes mismos, y vean la simplicidad y profundidad de esta verdad.

David escribió en el Salmo 27:4, “Una cosa he demandado a YHVH, ésta buscaré: que esté yo en la Casa de YHVH todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de YHVH, e inquirir en su templo.” Lo primero que vemos es que hay una cosa que David le pide a Dios y que quiere buscar. Seguramente, David ha pedido en oración muchas cosas en su vida, como protección de sus enemigos, el perdón de sus pecados, provisión, entre otras cosas. Con todo, su enfoque principal no está en esta vida terrenal. Su enfoque está en aquello que él le ha pedido a YHVH, habitar en la casa de Dios. El enfoque del salmista está en la eternidad. ¿Por qué quiere David estar en la casa de Dios? Porque Dios está allí. Dios es la razón por la cual él quiere habitar en la casa de Dios. David está pidiendo que la promesa de Dios se cumpla en él. Dios no puede mentir, y si estás en Cristo, tú eres heredero de la promesa. Si estás en Cristo, tú eres la posesión de Dios, y Dios es tu posesión por toda la eternidad.